El silencio del abad

Octubre 13, 2008

El padre abad con su andar cansino recorría la habitación en la búsqueda de algo que aparentemente estaría contra la pared izquierda, muy cerca del ventanal. Tanteando con sus manos callosas, pergamino de los años que acompañaron la ardua tarea de dirigir el conglomerado religioso, antes como herbolario, con conocimientos también sobre arquitectura y preparación en diferentes actividades cotidianas, tanteaba en las elevaciones una minúscula especie de botón incrustado casi en la arista de la misma. Con un chirrido que acto seguido hizo esbozar una leve sonrisa (casi imperceptible) en su rostro, el espejo frontal se abrió en forma pausada para dar lugar a una apertura conal, pequeña para el paso de un cuerpo de costado, sin mencionar las acrobacias que debería hacer algún mortal un poco excedido.

Con la luz de una vela, cruzó el umbral y se dirigió por el pasillo casi en penumbras de unos veinte metros, con leve declive y con una curva poco pronunciada.

Allá, afuera, el pasado en la soledad de la abadía guardaba los secretos de retiro, el silencio, el sufrimiento, la peste del año treinta que se llevó a muchos de sus hermanos… pero era, en rigor, algún designio distante del señor.

Los monjes habían realizado sus actividades el día de hoy como todos los días, al alba. “Algunas labores casi mecánicas deben llevarse con un espíritu poderoso”, rezaba el abad. “No dejes que el influjo del ocio domine tu cuerpo y mente, el objetivo es lo que llevará el buen orden de tus funciones, y esos mismos objetivos me han traído hasta donde estoy aquí hoy”.

Los jóvenes monjes llevaban esas palabras impregnadas en su mente desde los primeros días de su llegada al edificio y así es como debía ser. “Las mentes jóvenes son muy volubles y también podría arriesgar que volátiles, por lo que es mejor el conocimiento en rodajas de pan cada día que la hogaza por sus cabezas”, sentenciaba.

Pero había uno que no podía controlar con simples palabras. El joven hermano Marcos, ansioso de conocimiento, rebelde por naturaleza, entrometido y siempre llevando sus narices donde no le llamaban, tenía a mal traer al viejo abad. Este último se había comprometido especialmente en la corrección del novel, como se lo había comunicado al hermano profesor Jeremías, monje el cual se encontró en más de una ocasión en aprietos por la insidiosa (como éste le decía al abad) lengua del joven novicio.

Sus ansias de saber, sus cuestionamientos, sus preguntas sobre la divinidad iban en contra de muchas de las políticas que la abadía guardaba celosamente con el correr de los muchos años que llevaba en pie, y tales inquietudes deberían ser reguladas por el superior, se decía a sí mismo el abad en las horas de pensamiento (no de ocio).

Ahora la hora era otra, y lo que tampoco parecía igual era el sendero al laboratorio. Había un extraño olor… como si alguien hubiese pasado antes. Las sospechas se hicieron realidad cuando vio parado en medio de la mesa de trabajo al joven monje Marcos, aguardándolo con su cara sobria, sagaz e invariablemente inevitable.

Quería una explicación a todo lo encontrado: una mesa llena de muestras, un crisol, un mortero, un horno y demás artefactos propios de los experimentos de la gran ciencia. De todas formas ya lo sabía, ya lo había leído en incontables ocasiones en los libros prohibidos y sabía de qué se trataba. Lo que quería saber era por qué estaba vedado a los demás, por qué era un trabajo del que nadie sabía nada y tema el cual no era parte de la enseñanza en la abadía.

-Verás, mi querido hermano Marcos –empezó a pronunciar un abatido abad a la luz de la única vela que iluminaba el recinto-, los secretos alquímicos no están tan bien reflejados en los libros y muchos de los símbolos tratados en ellos pueden prestar a ciertas confusiones. No voy a cuestionar tu sagacidad ni preguntarte cómo es que has llegado hasta este lugar secreto, cosa que ninguno de tus hermanos ha osado hacer y tampoco he tenido noticias en el registro de la abadía de que lo hayan intentado anteriormente. Pero sí puedo decirte que esto no es bueno… nada bueno.

-¿A qué se refiere, estimado abad? Es cierto que pude observar durante algunas noches sus movimientos y que tuve la osadía de escabullirme hasta su laboratorio… pero es que deseo saber algunas cosas y usted sabe de mi interés por est…

-No digas más, hermano, por favor te lo suplico. He de contarte.

La cara de sorpresa de Marcos ante tal afirmación fue notoria y no pudo evitar exclamar y expresar su alegría al maestro abad estrechándole sus manos.

-¡Gracias padre abad, muchas gracias por explicarme, muchas gracias por evacuar mis ansias de conocimiento!

-Tranquilo, hermano Marcos, ten en cuenta que es un tema delicado. Verás, el tratamiento de la materia no puede ser enseñado así porque sí entre los jóvenes monjes, requiere de una iniciación… emmm… mira, este conocimiento encierra un saber invalorable, algo que tu ni siquiera podrías llegar a comprender con tus ansias de saber, como bien me dices… eehh… lo que intento decirte es que la combinación de la materia abre puertas… puertas de las que mejor, para evitar explicaciones, deberías comprobar con tus propios ojos. Abriremos una esta noche.

Marcos no caía ante tales afirmaciones. Parecía salido de un libro secreto egipcio, de la biblioteca de Alejandría o de algún lugar remoto de los libros perdidos que en alguna oportunidad se informó cuando adolescente, hacía algunos pocos años. De todas formas la veracidad de lo contado por el abad estaba por verse, tendría que verlo con sus propios ojos, como bien dijo el maestro.

El maestro abad encendió el crisol y colocó un líquido amarillento que se encontraba estacionado en una pequeña vasija de cobre. A los pocos minutos el líquido comenzó a burbujear, por lo que el viejo monje se apresuró a tomar un espejo de mano y colocarlo justo encima del crisol, separado por unos escasos cincuenta centímetros, inclinado en unos cuarenta y cinco grados. De repente un rayo de luz se precipitó hacia arriba, chocó en el espejo y generó en la pared un agujero de aproximadamente un metro de largo por sesenta de ancho, neblinoso y oscuro.

-Esto es, querido hermano, la respuesta de por qué el secreto debe ser guardado y para ello el silencio es primordial. Esta puerta es los tiempos, donde éstos se acercan oscilando en una curva que no comprenderás jamás. Te invito a que asomes tu cabeza para que puedas vislumbrar algo… ¡¡y ver!!

El hermano Marcos no salía de su asombro. El insólito ofrecimiento del abad lo apabulló y dejó aniñado por unos momentos. Pero las ansias de conocimiento pesaban más y se adelantó por el cuarto hasta la pared otrora lisa y blanca. Lentamente introdujo la cabeza por el hueco, observando una nebulosa que lo hipnotizaba. Para ello, hubo de inclinarse un poco en el suelo, ya que la puerta se encontraba a la altura de la arista, un metro hacia arriba.

Raudamente y depositando el espejo en un frasco, el maestro abad tomó una barra de hierro y le propinó un golpe significativo al hermano en cuclillas, lo que hizo que éste trastabillara y se perdiera por el hueco nebuloso abierto. Ningún ruido se escuchó. Seguidamente el maestro abad cerró la puerta pronunciando unas palabras alegóricas al señor, apagando el crisol y quitando el espejo de la posición donde se encontraba.

A la mañana siguiente los sorprendidos jóvenes monjes fueron recibidos por el abad con una carta de despedida del hermano Marcos, alegando en ella que se vio obligado a abandonar la abadía urgentemente por la pérdida un familiar muy cercano, por lo cual no pudo esperar a despedirse de sus hermanos.


Astillas y tuercas

Octubre 13, 2008

El destino abarcaba todos los sentimientos al mirar sus manos. El destino es… mejor dicho, el destino son… estas dos líneas que cruzan mi mano derecha. Sí: estos surcos, se dijo, y prosiguió su andar cansino a través del pasillo.

Una vez vio de cerca las cortinas de la vecina de junto. Sencillamente no pudo soportarlo y salió gritando, espantado por la abominación. Los animales metidos allí, esa mugre, esa especie de mega ciudad de la suciedad creada por esos seres asquerosos, que estaban comiendo todo el edificio, le era insoportable.

Si bien la pulcritud física no era una de sus características, no se le podía objetar a Diego Rimeson que no estuviera a la orden del día el corte de sus uñas. “Mis malditas uñas…” El círculo se empezaba a cerrar, pensaba muchas veces en las noches, tirado en la cama de su pequeño cuarto en las zonas aledañas al desierto de Mech, rico en fábricas en constante producción del Carburante 4yx2, la nueva droga -por así llamar a la producción de primera línea de poder- del momento para la región, sin arriesgar el mundo porque la globalización era algo perdido en forma de paleta de degradado. Todos compraban y vendían del carburante, el carburante… lo era todo.

Rimeson era operario en una de las plantas de la manzana B14, donde muchas veces se cruzaba el See Emily Play con el The Gnome añejo en el camino, y también donde abordaba la cruenta lucha contra la puerta debidamente cerrada y la mente alerta a que los calendarios de partidos de Pelozoqueno estén debidamente completados. Y el surf espacial, por supuesto, que no podía dejar el surf espacial por nada del mundo -eso era antes-, aunque sus uñas le carcomieran el miedo. Eso sí: la tabla debía estar siempre limpia… ¡limpia! Les gritaba a quien osara preguntar el por qué de semejante contradicción. Diego comentaba a menudo que la mejor preparación de una tabla para surf espacial es cortar los cables de la caja que oficia de amenizador de la estabilidad, ya que eso hace fluctuar la pirueta en las montañas y montañas de basura. Por cierto, el surf espacial se practica en un basurero toxico. En realidad se puede practicar en la mayoría de los basureros tóxicos establecidos a lo largo de la provincia de Moderna Buenos Aires, pero este montículo en el ex cañaveral de San Perrado tenía una particularidad especial: las barridas eran inalcanzables en otro lugar.

Muchas veces Saturno lo acompañaba en sus peripecias. Saturno también notaba la distancia que en forma paulatina se transformaba en abismo entre los dos. Crecieron juntos en el pueblo y compartieron los sucesos grandiosos e inclemencias del surf espacial como deporte amateur -invariablemente-. Después vino la banda musical con la caja musical personal virtual y el micrófono conseguido a 20 Sentires Nacionales en una feria de mala muerte que siempre pasaba por ahí los domingos de cada mes. Después volvió el surf espacial cuando pasó el auge. Y así. Las rotaciones en la vida son los mensajes de nuestro ingrato pasado.

Los papeles desperdigados por el sillón iban y volvían de su mano. Dejó atrás el pasillo y acercó la cara al detector ocular que permitía el ingreso en su casa. El departamento tomaba forma de alfombra empapelada, de camino de recepción y hasta de plaza después de egresar en los días de fin de clases. Aunque eso es otra historia, y una muy vieja; ahora tiran rayos láser para festejar y toda la podredumbre educativa perdida en la corrupción por el carbono.

Pero Diego no pensaba en eso, poco le importaba, es más, poco le importaba el ambiente donde la sociedad se desenvolvía o si hubo algún pasado social, o si hubo algún sueño de destino para alguna persona de sus características, o si el surf espacial lo llevaría a la virtualidad de la red donde podría haber sido famoso de no ser por las pequeñas conexiones que su cerebro empezó a claudicar para buscar otras necesarias para completar un sentir personal, una necesidad inefable: digitalizar su vida en un sentimiento único transmitido a través de la conexión de su tabla. Todo labrado a mano. “¡Pero qué diablos!”, se decía a las 12.30 de un mediodía arrugado cual papel pasado por la maquinita de plástico sintetizado, esa que venden en el carrito a carburante de la esquina. Debía parar para completar los formularios en papel, método arcaico pero placentero, si ahora el cable de interconexión cerebral manejaba todo. Los sentimientos estaban reflejados en pantalla, era el control remoto para todos los electrodomésticos. De no ser así estabas acabado, fuera del circuito de comentario en las altas esferas. Pero así también, otro tanto poco le importaba a Diego eso, por no decir poco le importaba nada ahora.

En reiteradas oportunidades cruzó el lago que separa al gran basural pensando, diversificado en esos ensimismamientos y abstracciones sobre el destino: el destino como el perfume de la mañana que tenía su tabla; el final es el principio con olor a cable quemado; el destino como una astilla que se cuela en la yema de los dedos; el destino que encastra como una tuerca en el tornillo perdido hacía años. Los domingos, se decía, eran los momentos de hacerse libre del trajín y pesadez de los días anteriores, y en lo sucesivo necesitaría más papel para anotar los partidos y más limpieza para la tabla, que necesitaba ver siempre oblicua en la esquina derecha de la casa, motivo por el cual a determinados horarios el sol debía irradiar una brillo particular, luminosidad que, volvía a decirse, sólo el podría apreciar.

-Menos mal que Syd hizo Interestelar Overdrive y no murió en el intento.

Pero los tiempos era algo que no manejaba bien últimamente, como así tampoco sabía como había dado con el disco que muchas veces quiso emular en su maquina virtual personal, esa cajita de música no necesariamente de última generación -no podía darse esos gustos-.

-Dios no juega a los dados, evidentemente, y yo sé porqué: no le gustan los dados, porque tiene un rompecabezas. Ese rompecabezas es el destino, y si todo sucede así es porque está establecido de esa forma. ¡Y si el destino quiere que esté en este momento haciendo esto mismo, es porque la función evidentemente trasciende a mi conocimiento sobre lo global!

Saturno Cr4 -así se llamaban los huérfanos usualmente abandonados a la buena de dios conocimiento- también era compañero en la fábrica con Diego. “La profundidad se descubre llegando al fondo, se decía continuamente, y en ello era necesario fundamentalmente la voluntad de querer llegar al fondo, cosa que en estos días se ha dejado de lado por la virtualidad, que avanza a pasos agigantados por aislar las mentes en este destino cruel y dependiente.”

“El entorno donde se movían no les ha permitido llegar más allá”, rezaba el díario digital una y otra vez con los psico deportistas estancados en una ciudad llena de basurales y para practicar un deporte de segunda categoría pero muy prometedor.

-Vamos, vamos, liberate y salís, salís; te despertás del sueño de una vez, te abandonás a los vapores externos, te abandonás a todo, de vuelta a las sensaciones añejas, esas que nos mantuvieron vivos en medio de esta porquería.

-No puedo, ahora, Saturno, creeme que lo siento mucho. Esos tiempos pasaron para mí. Ahora el rompecabezas está en movimiento de otra pieza.

-¿Pero de que menhires me estás hablando, Rimeson? -dijo Saturno.

El ambiente del departamento donde vivía su amigo lo encontraba en un estado deplorable, peor del que hubiese imaginado. No había nada que hacerle, era evidente que no estaba en sus cabales y que difícilmente volviera a los proyectos anteriores.

“Ni siquiera sé qué es lo que está haciendo con todos esos cables y la tabla puesta casi saliendo a la ventana. Pero además de eso es la túnica que lleva puesta la que me inquieta…”

-Diego, la verdad, ¿no pensaste en llamar a tus viejos para que te den un mano además de la virtuaplata que pasan al mes? ¿Y se puede saber que es lo que llevás puesto?

-Es mi equipo de trabajo, por si te afecta en algo. Tenés razón: a lo mejor podría dejar todo e irme a vivir a lo de mis padres y olvidarme de la banda por toda la vida, y cuando me hagan notas diga que me olvidé de todos ellos -sentenció.

-¿De qué banda me hablás? Te digo la verdad, ya te pierdo el hilo de lo que tratás de transmitirme cuando empezás a parafrasear.

Después vino el más absoluto silencio y el ensimismamiento de nuevo. Los calores pasaron como llamaradas, esa necesidad de contemplar la tabla que la hacía volar, que era inevitable, pero Saturno que estaba ahí y molestaba su visión: siempre en soledad es mejor, pensaba.

Allá afuera el frío galopaba y abusaba de su metáfora. Allá afuera era otra realidad, una realidad cruel que atormenta y que ofrece el contrapeso a la felicidad, ese contrapeso desproporcionado que Diego no podía sostener, que se le escapaba de las manos, que vencía sus extremidades, que abarrotaba sus sueños.

Hubo algún tiempo donde prefirió las sacudidas de la tabla como descarga a las presiones de la fábrica, pero pasó el tiempo y la fábrica ya no era fábrica, era el rival que iba comiendo con sus fauces todo su entorno, iba proliferando cual maleza en los campos abandonados… sólo restaba Syd, que algodonaba los pesares en una atmósfera sin igual. Así lo trasladaba a su tabla.

Los cables eran el símbolo. Los cables iban a trastocar la parte virtual que tiene la mente con la real, que puede obviamente palpar, pero que no satisface, la tabla que no completa… pero eso por poco tiempo.

Las noches fueron haciéndose más densas para Diego a medida que el tiempo transcurría. Todo comenzó allá en el verano, cuando la tabla y sus frustraciones se fueron emparejando hasta hacerse uno solo, entonces la satisfacción mutó en angustia en forma recurrente, después aparecieron los cables para mitigarlo en parte.

Confiaba en que el destino tenía preparado todo esto de alguna forma, a lo mejor algunas palabras estaban de más, algunos mensajes estaban mal puestos… pero él iba a encargarse de ordenarlos. El camino recién comenzaba y había mucho que hacer. Unos padres que dejó hacía tiempo a veces le recordaban algunos puntos que se asemejaban al pasado… pero esos detalles eran como neblinosos, inconsistentes, y por supuesto, demasiados fugaces para detenerse. Había mucho que hacer.

Cuando dejó la fábrica en una decisión de poderoso peso para su situación, sintió la angustia, esa que come la boca del estómago cuando el espacio se achica demasiado… Y esas caras que le eran tan extrañas en la calle, todas esas reuniones deportivas y laborales que alguna vez pensó que podría soportar, pero no, mejor era huir. Mejor era refugiarse en el departamento y mejor era construir el proyecto que lo cambiaría para siempre, la única forma en que podría ser reconocido verdaderamente, tal y como se lo merecía.

El dinero no sobraba, pero era suficiente para resistir unas semanas. Después una llamada a sus padres solucionaría el resto. Se lo debían a causa de sus viajes y abandonos constantes. Se lo debían por lo duro que le fue la adolescencia desnuda, hasta que por fin pudo escudarse en la tabla: ella lo protegía del desenvolvimiento que tanta molestia le causaba.

Pero entonces Diego siempre viene a mi mente, en esos días fríos de invierno me ataca con mayor pavor y no puedo sacarlo de mi cabeza. Lo veo volar con su tabla por la ventana y no puedo pronunciar palabra, porque me asalta en las mañanas, me asalta en las noches, me invade en cualquier momento, inclusive cuando me levanto al baño en madrugada, porque sé que si no voy al baño no voy a poder dormir bien. Al principio sacarlo era bastante simple, si limpiaba el ambiente con mis nueve apretadas del rayo infrarrojo, después requirió de algo un poco más complejo…

Pero lo peor de todo esto no es la imagen de Diego volando al infinito, lo más desgarrador es la forma en que Syd me canta en mi cabeza.


Cabrestante

Octubre 13, 2008

El ojo de mi alma siempre mira al cuento de la muerte y las parálisis y los destinos, la suerte y los caminos; los senderos se bifurcan y los caminos se confluyen. Las empresas se caen y los destinos son siempre los mismos, un final hacia mentales diferentes posibles.

Veo otras dimensiones.

El tema de empezar a escribir siempre me trata de la misma forma, se decía Jorge Alberto de la Croza Turbia, amante de la escritura minimalista policial y palabras que desconcertaban su alma, desempolvándolas en un cuaderno amarillento del cual hacía uso en las cercanías de la medianoche, cada día, como atenuante al rigor de la fábrica que absorbe vidas y si pudiera contratar robots, lo haría, como sabiamente pronunciaba su mujer.
-El destino no hace acuerdos con mi mente, he de encontrar un significado a mis palabras, o moriré en el más grave silencio del intento de mover mi cabresante mental para rescatarme del abismo.
Hablar como perdido en los siglos es un ejericio mental de duro roer, pero sirve sin lugar a dudas para soportar el tortuoso destino del hambre de los últimos días antes del sueldo…

El operario bordea los senderos de las mulas, arricona en oficio a las vacas y termina acusando un delicado equilibrio con el caballo del cartonero de turno. Así deambulaba el rigor semanal en su mente obsesionada con el despertar floral de una nueva era.
Cómo no sentirme así, se decia el Indio Solari en la radio y la fábrica deambulaba el caminar del sol hasta el ocaso, una pieza y otra, una pieza, un almuerzo, un cubierto, el futuro ya llegó, caminemos a la parada de colectivo, yo voy en trenes, no tengo dónde ir.

Algún aliciente en la lectura, una esposa pobre pero amorosa, un pequeño espacio sin hijos, triste, perdido en la urbe despiadada.

Algún lápiz que traza sueños, algún día en el firmamento que sonríe, los ojos y la música se unen y me calman… a mí, a mis agotadores días, a mi cama pesada. Mochila en mano antes del alba y vuelta a emprezar.

Pero un día las piezas empiezan a pasar fugazmente y la visión se dificulta. Jorge Alberto de la Croza Turbia empieza a ver huecos en vez de piezas, y se acuerda de aquel científico de la dimensión desconocida que se esfuma por el deseo de no permanecer encerrado…
Entonces se mete por un orificio imaginario (o no) y desaparece.


Hoja uno de presentación

Octubre 13, 2008

Acá junto ganas y me presento nuevamente como en cada uno de mis blogs inconclusos. Digo junto ganas porque tengo ganas de escribir cuentos fantásticos, no presentaciones. Digo fantásticos porque pueden ser fantásticamente cortos y pedorros, casualmente y causalmente, si tengo un dia en que quiero escribir pero no quiero, ambiguo como siempre.

Leer, leo, es lo principal antes de esbozar algunas tímidad líneas y no tanto. A veces no tanto como quisiera por esas cosas que me ocupan mucho tiempo y lo considero al reverendo pedo como lo es trabajar y conseguir dinero para comer.

Puedo decir que soy amante de los espacios y el minimalistmo. Las distancias son de mi agrado y termino invariablemente abarrocándome y volviendo al minimalismo y así en un espiral infinito.
Allá voy pues, por la escritura que alguna vez salvará mi alma, si es que existe.