Tierras lejanas

Octubre 14, 2008

Es de mañana. Poco importa, ya estoy solo. Ayer murió el primer oficial, dejándome como último habitante de este barco. Los proyectos y empresas se han ido al mar. La desesperación invadió la goleta cuando avanzó la peste, arrasando con cada uno de los ocupantes. Todos han muerto menos yo. Pero de más está escribir que al encontrarme en alta mar solo, poco podré hacer, dejando mi vida a la deriva, sin contar que puedo ver la muerte agazapada, esperando por llevarme (o eso podría decirse). Qué cruel destino me espera.
Muchos meses atrás era yo un hombre emprendedor y feliz. Antes de convertirme en el capitán de este barco, era amante del esoterismo y disfrutaba con pasión de las lecturas de cuanto tema oculto cayese en mis manos. Fue por entonces que en los círculos íntimos empecé a oír sobre unas tierras mucho más allá del océano, que dejaban de ser leyendas atlánticas para convertirse en realidades concretas. Éstas se encontraban más allá del océano, tierras que supuestamente habían visitado los vikingos en diferentes oportunidades. Me interese sobremanera por el tema, buscando abundante información para empaparme de ello. Mi buen pasar económico (era por aquel entonces un médico distinguido) podía permitirme afrontar un emprendimiento de tamaña magnitud. Buenos negocios había hecho en los últimos años que hicieron mi pasar con respetable fortuna en mis arcas. De esta forma -prosiguiendo con la investigación- logré dar con unos famosos, aunque vedados al vulgo, mapas. ¡Ah gran Drakong, cuánta belleza en tus creaciones! ¡Qué mágica visión de esas tierras remotas!
Meses después abandonaba mi amada España sin informar a nadie, aludiendo un viaje al norte en busca de provisiones, medicinas y demás artículos que “mentí”, me había encomendado una abadía cuya eminencia a cargo era un exquisito sabedor de las artes oscuras. Afortunadamente tenía la venia del excelente maestro abad, amigo mío para sustentar la coartada.
El viaje duró más de los esperado, la tripulación en las últimas instancias se mostraba irascible y lo comprendía, porque yo también lo estaba. Pero una mañana el vigía gritó “¡tierra!” y todos saltamos de alegría. El sueño era realidad y sabía que los mapas no podían fallar. La nueva tierra, el continente inexplorado y virgen (o casi) allí estaba y aguardaba.
Los primeros días nos pasamos descansando y formando nuestro lugar de investigaciones, internándonos en proceso de descubrimiento topográfico solo en pocos tramos y cortas distancias… hasta que nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Nativos de esas tierras nos recibieron, reacios y temerosos al principio, pero por fortuna y para evitar una masacre intentando comunicarse luego, mostrando signos de amistad y hospitalidad.
Aquí es donde la historia da un giro inesperado. Si mi idea era que se sorprendieran tanto por nuestra tecnología como por nuestra vestimenta, debo decir que estaba completamente equivocado al referirme a los sobrecogidos. Adoraban, en principio a un ídolo con una especie de casco redondo, cubierto por un traje insólito. Poseían además artefactos extraños. Entre ellos uno para medir el tiempo y otro en particular que me llamó la atención. Era algo parecido a una pequeña piedra que cabía en un puño y que transformaba el idioma de ambos en uno universal. Ellos le llamaban el “decodificador”. Era impresionante. También tenían un sorprendente conocimiento de las estrellas y las constelaciones que me había dejado visiblemente pasmado. No comprendía, así como ninguno de mis compañeros de tripulación, como era que habían desarrollado tal tecnología, a lo que me respondieron los mismos nativos que todos estos artefactos provenían de los dioses de las estrellas, que no tardarían muchas lunas en regresar. No estaba tan seguro de querer conocerlos, teniendo en cuenta que mi tripulación enloqueció ante la codicia del oro y riquezas de estos aborígenes. Poco tardaron en violar a las mujeres y posteriormente matarlos a todos por pura diversión. Había algo en el aire… Una especie de delirio se había apoderado de ellos… como de mí, que de repente me encontré una noche con mi espada ensangrentada en mano, desnudo y con una nativa muerta a mis pies.
Cuando todo parecía concluido vimos algo que nos pasmó por completo. Algo parecido a una nave descendió una noche en las inmediaciones… toda la locura se disipó por un instante, dando paso al miedo. Levamos anclas y nos internamos mar adentro, emprendiendo un vertiginoso regreso.
Con el correr de los días todo fue acomodándose, recobrando cierta “normalidad”, por lo que empezamos a ver toda la situación pasada como si hubiera sido un sueño. Pero tales afirmaciones poco tiempo duraron. Al poco tiempo la nave que vimos bajar en esas tierras vino a nuestro encuentro, rociando con una luz extraña el barco. Luego el silencio. Nada más supimos de la misma… En breve empezó la peste, arrastrando a la muerte a más de cuarenta tripulantes. Cuando quedábamos alrededor de cinco personas, incluyéndome, una noche sin estrellas el artefacto volador hizo su aparición, esta vez desde las profundidades del océano, proyectando luego una imagen transparente, como si de un fantasma se tratase, de un lagarto con forma cuasi humana. Habló en un idioma incomprensible, con aires de reprobación, como previendo nuestro destino. Luego desapareció, al igual que la nave. Los días se sucedieron como los cuerpos arrojados al mar. Ahora que quedo yo solo en el barco, ésta no se despega de mí en las noches, aguardando en el cielo o siguiendo mi trayectoria a ras del océano. Lo siento como una especie de macabro juego, no están esperando nada… sólo se están divirtiendo conmigo. Ya me han comunicado los planes que tienen para mí, voy a ser el experimento para mejorar su alimento, alimento el cual destruimos en tierras lejanas hacía poco más de mes y medio.

Después, reían y mofábanse, vendría un tal Cristóbal, unos doscientos cuarenta años después, pero no podría comprenderlo porque manejo otra concepción del tiempo. Además que de nada serviría, mis días estaban contados. Cuando se cansen o evolucione no se qué líquido que depositaron en mi interior, todo concluirá. De nada sirve el suicidio, lo he intentado y raudamente me lo han impedido. Mi fin se acerca de otra forma que desconozco, pero se acerca invariablemente.


El laberinto de papel electrónico

Octubre 14, 2008

Webs que llevan a otras webs. Enlaces que se pierden en el infinito como en un mensaje oculto que quiere transmitir el autor. ¿Alguna vez has sentido eso? Tengo en mi perfil un enlace a un blog. De ese blog, descifrando el mensaje, encontrarás palabras secretas que formarán el código para llevarte a otra web. No olvides que si no hubieras dado todos estos pasos en tu vida jamás hubieras llegado hasta acá. Y esto último te lo digo un poco a vos, un poco a mí. Espero que tengas en cuenta que muchas de las cosas que circulan por Internet son una basura. Es más… bien esta podría serlo.

Juan leyó detenidamente el mensaje de correo electrónico nada más porque llamó su atención, por esa alusión a lo infinito, fanático como era de Gorbes. Tanta era la basura que recibía por día, que casualmente iba a hacer clic en suprimir cuando sin quererlo se encontró leyendo tan extraño texto. Como un juego decidió que lo resolvería, sólo para ver qué era lo que salía de eso, de todas formas tenía tiempo de sobra.
No fue muy difícil. Se encontró, a fin de cuentas, con una web que daba con una página en blanco y una dirección. Era un pueblo en las cercanías, o relativamente. Unos trescientos kilómetros. ¿Sería peligroso? Más peligroso que recorrer las rutas durante años, esas rutas salvajes, reactivando máquinas para la red en diferentes estaciones. Una cosa sí era cierta, siempre debía tener cuidado con los saqueadores electrónicos. No eran como los mal llamados “hackers” de antaño; estos piratas saqueaban a los activadores en las rutas, cuyo trabajo era excelentemente remunerado pero muy peligroso para ambos, tanto para hackers que traficaban con los proyectores y activadores en el mercado negro, pero debían guardarse de las poderosas armas de ellos, como los activadores debían hacerlo del virus letal que hasta cinco metros de distancia podían enviar directo a su cerebro, reiniciando el chip roseta y dejándolos a disposición para su posterior tráfico.
Además de todo ello, el auto que la empresa multinacional proveía a los activadores de rutas dejaba mucho que desear en cuanto a velocidad, pero esto último no molestaba para nada a Juan. Todo lo contrario.

Bajó la tapa de su computadora activadora, pagó el café en la estación de servicio activada, donde un barbudo y sucio camarero le decía antes: “cincocincuentanotengomonedas” casi sin respirar, y se dirigió a su auto, su fiel bólido, que recorría las rutas junto a él de su destino.
No sería mucho tiempo de viaje. Podría, además, aprovechar para escuchar el audio libro de las “Crónicas de Restingraf”, su relato preferido sobre un tiempo donde no existían computadoras y unos animales extraños dominaban la tierra.
Casi al ocaso, divisó la entrada a un pequeño pueblo que daba justamente, buscando en el mapa central de direcciones, con la antesala al lugar solicitado. Juan debió cruzarlo por entero para llegar a destino. Viose curiosamente sorprendido por las miradas insidiosas de los pueblerinos. Mas tarde y a lo lejos, divisó una vieja casucha de madera, guía y vigía de la vastedad de un campo que se perdía en el firmamento, sin iluminación. Avanzó con su auto, ya encendiendo las luces por la poca claridad que ofrecía el sol a esas horas. bajó del auto y se acercó a la puerta de entrada. Ésta estaba entreabierta. Subió los tres crujientes escalones que lo separaban. Atravesando el vestíbulo, empujó la madera entronada y divisó, no si cierta sorpresa y temor, una silueta sentada en una silla, ya dentro de la casa.
-Te estaba esperando, Juan. Adelante.
El corazón de Juan dio un brinco ante esas palabras ¿Quién era esa persona? Podría suponer que esperaba en algún momento a alguien que descifrara su mensaje, pero no que supiera su nombre. Era, en términos de probabilidades, prácticamente imposible. Salvo que hubiera enviado el mensaje de correo sólo a él, pero no era de esa forma, pudo comprobar que había cientos de direcciones además de la suya y una extensión a una lista drop, que podía contener en forma oculta miles y miles de direcciones… así que había que descartar aquello.
-No temas. Debemos irnos. Descifraste el mensaje.
-Pero fue algo muy simple, ¿a qué se refiere?
-No lo fue. Llevo años esperando a la persona indicada. Se suponía fueras vos. Sabía que darías con la combinación
-Pero y si lo sabía… ¿por qué fue necesario un mensaje de correo? ¿Por qué no fue a buscarme?
-El programa fue hecho de esa forma, y los requisitos para su activación son esos que ejecutamos.
-Pero… no entiendo nada.
En ese momento el hombre empezó a brillar literalmente, tomando a Juan por la mano. El brillo se extendió a todo su ser, haciéndose cada vez más intenso, hasta que los dos por fin desaparecieron por un cable de alta tensión abierto en lo que era la mano de la silueta.


El traidor

Octubre 14, 2008

Escribir es un arte, donde la perfección personal abarca sólo una materia: la práctica.
Completá este cuaderno y estarás satisfecho. Pero para escribir libremente hace falta otra cosa. Para ser libre como el viento pegando en la cara en las mañanas primaverales o esa lluvia dominical que cae a veces en otoño se necesita no pensar en alguien más que el personaje mismo, o sólo escribir para uno mismo.
Es por ello que las estrellas me miran esta noche de verano. Alquilé esta finca en las sierras para intentar develar el secreto alquímico de la escritura. Sé del proverbio que reza: “para inventar algo, tenés que inventarlo todo”. Así que acá, en soledad, en esta noche voy a tratar de descubrirme a mí mismo dejando de lado mi pasado y colocando una tapa muy pesada a mi antiguo oficio de investigador policial, ni bien narre los acontecimientos que me trajeron hasta aquí.

El pasado me llevó por calles tenebrosas, inclusive para alguien de mi oficio: pocos detalles daré sobre las investigaciones, pero sí sobre el hecho que me llevó a abandonarlo todo. ¿Me hace feliz esto también? ¿Me reconforta haber vuelto acá y mantener viva la obsesión de querer decirlo todo y no poder descubrir siquiera cómo fue que maté a ese alienígena del sector X3? Era mi enlace para llegar al pez gordo. Todos sabemos el procedimiento de esa porquería, el maldito sistema es una basura. Pero no pude contenerme, esas cosas están por doquier, negociando y negociando, buscando las concesiones que los llevarán a quedarse con todo. Pero sí, es así, quien quiera seas que lea estas líneas, la culpa de todo la tienen los piratas. Esos sucios vendedores de usinas microcósmicas, traficando con el enemigo interno. Lo peor de todo es que nunca podrán ser atrapados, cosa que fue lo que me llevó a hacer mi descubrimiento: estos pedazos de estiércol de quién sabe que dónde eran meras manifestaciones psíquicas de alguien más, que presuntamente debía de andar por las inmediaciones, no he ahondado lo suficiente en las investigaciones de campo, ya era demasiado tarde.

El diario digital nos anunciaba pequeños detalles sobre el devenir del futuro, según Roger Merestrom, un docto en la predicción de catástrofes de civilizaciones, y efectivamente íbamos camino a nuestra propia destrucción. Esto no representaba novedad alguna por aquellos días ni tampoco por estos, pero si analizo bien el asunto, debería haber tomado siquiera algún recaudo. Podría haberlo hecho de habérmelo propuesto.
“Las naves nos llevan camino a una realidad superior”, mencionaba mi compañero casi constantemente. Siempre estaba contradiciéndole respecto de aquello: “Las naves no aparecen, amigo, y siempre se están adaptando a la época. Ahora resulta que nuestro enlace pronuncia palabra en forma de simbología compleja y nos advierte sobre los traidores dentro de nuestro mismo entorno”.

Las mañanas son más frías cuando camino por la pradera en este paraje en medio de la nada. Dónde he dejado toda esa innecesaria tecnología, dónde fue que me perdí y no aproveché todo esto. El sistema te va absorbiendo lentamente. Primero descifraron las pirámides, después vinieron las exploraciones submarinas… después nada y todo a la vez. Después los mensajes… algunos extraños mensajes. El futuro está entre nosotros, con todo el futuro y su peso característico, mezcla de la obviedad de los tiempos y la sorpresa, que una vez asimilada lógicamente deja de serlo para convertirse en plena cotidianeidad.

Primero me di cuenta que podía proyectar esos asquerosos alienígenas… pero a última hora me percaté de que planeaba el asesinato de mi compañero. Tampoco podría haberme dado cuenta de los mensajes que enviaba y como negociaba a través de ellos con los traficantes. En madrugadas me despertaba luego de pesadillas extrañas, de secuestros de injertos en la piel, de torturas, hablando extraños idiomas… los mensajes, yo era el que contactaba. Debí huir, ahora no puedo manejarlo, luego de escribir esto, ejecutaré la simbología alquímica de papel… ya sé lo que vendrá, primero la luz, luego la destrucción total. Las palabras más poderosas del universo.