La habitación blanca

Octubre 15, 2008

Dándole vida a una idea Vale. Y es para Vale.

La habitación, si bien pequeña, era acogedora. La mesa, como siempre, estaba servida para dos. Marta disfrutaba cocinado esta, como todas las noches, y afortunadamente todo habíale salido a pedir de boca, la comida no se había quemado como en incontables ocasiones a causa de su inexperiencia. De todas formas su esposo, Franco, era un marido ejemplar y tolerante, que poco reclamaba y rara vez emitía queja (en realidad Marta no recordaba que alguna vez se haya quejado de algo). Éste llegaba ya entrada la noche, tras la dura jornada laboral como leñador en los bosques.
En eso Franco hizo atravesó el umbral de la puerta y saludó a su esposa. Acto seguido, Marta sirvió en un pocillo la sopa para ambos. Si bien pobres, llevaban una vida moderadamente feliz. Y eso a Marta la reconfortaba. Moderadamente por los pequeños detalles de los pantallazos en sueños, incongruentes, que la despertaban durante las madrugadas. En ellos podía ver a una persona vestida de blanco aproximándosele; no entendía muy bien para qué, pero era como si quisiera meterle algo en el cuerpo. De estos sueños optó por no contarle nada a su esposo, serían angustias pesadillescas que la atormentaban de vez en cuando.

Durante los siguientes días pudo Marta dedicarse a sus quehaceres cotidianos sin la sombra de los sueños, que por fortuna se habían disipado.
Era el año de nuestro Señor mil setecientos noventa y cuatro, con una bella mañana otoñal. Marta se dirigió a tender la ropa, caminando unos metros al salir de la casa de piedra, perdida en las colinas, en un remoto paraje escocés. De repente, el brillo del sol la incomodó, así como de forma imprevista empezó a percibir unos flashes extraños, iguales a los de los sueños, pero esta vez en plena luz del día y lo que era peor… despierta. Trastabilló. Se sintió mareada. Prefirió ir a recostarse por su malestar y desconcierto. Es posible, pensaba, que fuera algo pasajero. De todas formas no lo sabía muy bien. Casi llegando a la cama se sintió desfallecer. Franco había salido temprano como cada día, antes del alba. Estaba sola y desesperada. Las imágenes de su mente se trastocaron con la realidad del lugar, por lo que emitió un grito desesperado. De forma incomprensible, vio una persona, la misma persona de blanco que veía en sueños abalanzarse hacia ella. Cuando estuvo a punto de tocarla Marta de desplomó en el suelo producto del desmayo. Por la noche, al llegar Franco de la Jornada laboral, la encontró en tirada, yendo desesperado a su encuentro, intentando reanimarla. Luego de varios intentos pudo hacerla reaccionar, preguntando éste qué era lo que había sucedido. Todavía algo atontada, concluyó que ya no había espacio para ocultar nada. Le habló de los sueños recurrentes, de la imagen de la persona abalanzándose hacia ella. Franco, en tanto, meditaba sobre lo sucedido. La consoló diciéndole que se quedara tranquila, que podría deberse a diversos factores, mezclados con la soledad, la imposibilidad de tener hijos y la víspera del que perdieron dolorosamente… Estas palabras alentadoras, sin embargo, ocultaban la angustia interior de sospechar que su mujer estuviera enloqueciendo.
La tomó en sus brazos y la acompañó a su recámara, trabajosamente. Al subir las escaleras, Marta empezó a sentir la realidad nuevamente alterada, muy parecida a los sueños tan vívidos de días atrás. De pronto, la habitación, escaleras y todo el lugar se desvaneció para transformarse en un cuarto blanco. Marta gritó. Franco también había desaparecido.
Inmediatamente el hombre de blanco ingresó por una puerta (la única que había en ese cuarto cuadrado) y sin mediar palabras la tomó por el brazo, inyectándole algo que rápidamente la hizo tranquilizarse, entrando en un estado de sopor. La puerta volvió a abrirse, para pasar por ella otro hombre vestido de blanco, visiblemente nervioso por la situación. De nuevo con las alteraciones, decía, cada vez las ausencias son más holgadas, qué vamos a decirle al Sr. Franco, que paga cuantiosas sumas para que se recupere, o por lo menos para que esté moderadamente bien y esta mujer está cada vez más loca. Tendremos que volver con los electrochoques. Y será mejor no perder tiempo, le avisaré al doctor por el intercomunicador, sin mediar más tiempo.
Marta no se había dormido y pudo ver, antes de cerrar los ojos completamente como aparecía la chimenea de su casa aplastando literalmente a los dos enfermeros, dando paso a las paredes, la mesa, las sillas y la escalera.


El equilibrio de las cosas

Octubre 15, 2008

Mi motocicleta ruge en las rutas desoladas, contemplando atardeceres. El viento caluroso del verano en mi cara y cuerpo podría decirse que me hace sentir libre: tengo la visión. Después de dejarlo todo por una vida nómada, cambiando sedentarismo, oficina y una mujer adicta a las reuniones sociales de narices estiradas (como así también a las joyas), no me arrepiento de nada. Manejaré hasta el fin del mundo.
Por las noches paro en esos hoteles que parecen salidos de una película de carreteras, para que a la mañana siguiente, una vez recargadas las energías, pueda continuar viaje. El fin del mundo es el fin de la ruta, a eso me refiero. Pude acumular algún que otro dinero gracias a varios negocios sucios en mi pasado. El delicado sistema que equilibra las cosas me indica muy en mi interior que algún día pagaré por ello. Pero ahora no importa tanto, seré el dueño de mi propio destino sin tener que responderle absolutamente a nadie.

Una noche me detuve en uno de esos sitios donde se juntan los camioneros a pasar un buen rato, jugar al pool y posteriormente y si la suerte los acompaña, irse a dormir a la cucheta del camión acompañados de alguna reventada que trabaja por allí. Ese sábado el parador estaba atestado, a converger en un cruce de rutas interprovincial importante. Y la mala combinación de los factores primeramente mencionados generó una pelea en la que me vi envuelto, repartiendo puñetazos a troche y moche, sin conocer la cara de quien recibía, sea varón o mujer… sólo pude ver cómo un barbudo con cara maliciosa me asestaba una terrible trompada en la mandíbula. Luego las estrellas… después la nada misma.

No sé cuánto tiempo fue que estuve tirado fuera del bar, en el piso, llena de tierra mi ropa y cara, con olor a orina, hasta que alguien me pateó y me tiró un vaso con agua (o eso creí) en la cara. Era una mujer.
-¿Podés caminar?
“Calculo que te voy a responder afirmativamente si llego a poder levantarme”, había pensado, pero sólo atiné a aseverarlo con un leve movimiento de cabeza. Me incorporé y ella volvió a preguntar, en este caso si tenía a dónde ir. Le dije que no. Luego de unos instantes que los interpreté como dubitativos en ella, se ofreció amablemente a curar mis heridas si yo afirmaba que no era ni un violador, ni un degenerado, ni ladronzuelo. Me reí hasta que el dolor me posibilitó hacerlo y dije nuevamente que no.
Su casa estaba a tan sólo unas cuadras del bar, por lo que sugerí que nos fuéramos en mi moto… Alzando en forma pausada la vista pude verla tirada en el suelo, con la rueda delantera aplastada por lo que podría haber sido un camión y la trasera pinchada. Caminaríamos.
No hablamos mucho durante el trayecto, más bien cruzamos sólo pocas palabras. Cuando llegamos a destino me encontré con una casa bastante derruida, con visibles marcas del paso del tiempo y falta de mantenimiento. No pude calcular cuánto, pero me sugerí que el suficiente. Pasamos. El interior no era mucho mejor. Le pregunté, al pasar, si vivía sola, por lo que respondió que sí de un modo tajante, como sin dejar espacio a otras preguntas por el estilo. De todas formas intenté interrogarla un poco más, pero abruptamente me dijo que me sentara en la silla de la cocina y que esperara, ella buscaría algo con que limpiar mis heridas. Sospechaba de esta buena samaritana, algo no me gustaba en ella, pero le resté importancia. Al regresar la ataqué con un “¿cómo te llamás?”, devolviendo otro seco: “Sara”. Comenzó a pasar un paño con lo supuse era alcohol y algo más, que no podía detectar, sobre mi pómulo izquierdo lastimado. Repitió este acto varias veces hasta que sentí un impulso de atracción repentino. Nos besamos acaloradamente. Me sentía atontado luego de soltarnos, como preso de un sopor. Seguidamente, ese sopor se transformó en parálisis, primero en la cara, después en las manos, luego en todo el cuerpo. No podía moverme y caí en el piso. Su saliva tenía algo, eso era, la había encontrado con un sabor muy denso…
La mujer se alejó lentamente unos pasos, describió un círculo sobre mí y se desnudó, descubriendo una belleza sin igual. Estaba sedienta. De su boca salieron dos grandes colmillos que la depredadora sagaz hincó en mi cuello. Estaba acabado.