El destino abarcaba todos los sentimientos al mirar sus manos. El destino es… mejor dicho, el destino son… estas dos líneas que cruzan mi mano derecha. Sí: estos surcos, se dijo, y prosiguió su andar cansino a través del pasillo.

Una vez vio de cerca las cortinas de la vecina de junto. Sencillamente no pudo soportarlo y salió gritando, espantado por la abominación. Los animales metidos allí, esa mugre, esa especie de mega ciudad de la suciedad creada por esos seres asquerosos, que estaban comiendo todo el edificio, le era insoportable.

Si bien la pulcritud física no era una de sus características, no se le podía objetar a Diego Rimeson que no estuviera a la orden del día el corte de sus uñas. “Mis malditas uñas…” El círculo se empezaba a cerrar, pensaba muchas veces en las noches, tirado en la cama de su pequeño cuarto en las zonas aledañas al desierto de Mech, rico en fábricas en constante producción del Carburante 4yx2, la nueva droga -por así llamar a la producción de primera línea de poder- del momento para la región, sin arriesgar el mundo porque la globalización era algo perdido en forma de paleta de degradado. Todos compraban y vendían del carburante, el carburante… lo era todo.

Rimeson era operario en una de las plantas de la manzana B14, donde muchas veces se cruzaba el See Emily Play con el The Gnome añejo en el camino, y también donde abordaba la cruenta lucha contra la puerta debidamente cerrada y la mente alerta a que los calendarios de partidos de Pelozoqueno estén debidamente completados. Y el surf espacial, por supuesto, que no podía dejar el surf espacial por nada del mundo -eso era antes-, aunque sus uñas le carcomieran el miedo. Eso sí: la tabla debía estar siempre limpia… ¡limpia! Les gritaba a quien osara preguntar el por qué de semejante contradicción. Diego comentaba a menudo que la mejor preparación de una tabla para surf espacial es cortar los cables de la caja que oficia de amenizador de la estabilidad, ya que eso hace fluctuar la pirueta en las montañas y montañas de basura. Por cierto, el surf espacial se practica en un basurero toxico. En realidad se puede practicar en la mayoría de los basureros tóxicos establecidos a lo largo de la provincia de Moderna Buenos Aires, pero este montículo en el ex cañaveral de San Perrado tenía una particularidad especial: las barridas eran inalcanzables en otro lugar.

Muchas veces Saturno lo acompañaba en sus peripecias. Saturno también notaba la distancia que en forma paulatina se transformaba en abismo entre los dos. Crecieron juntos en el pueblo y compartieron los sucesos grandiosos e inclemencias del surf espacial como deporte amateur -invariablemente-. Después vino la banda musical con la caja musical personal virtual y el micrófono conseguido a 20 Sentires Nacionales en una feria de mala muerte que siempre pasaba por ahí los domingos de cada mes. Después volvió el surf espacial cuando pasó el auge. Y así. Las rotaciones en la vida son los mensajes de nuestro ingrato pasado.

Los papeles desperdigados por el sillón iban y volvían de su mano. Dejó atrás el pasillo y acercó la cara al detector ocular que permitía el ingreso en su casa. El departamento tomaba forma de alfombra empapelada, de camino de recepción y hasta de plaza después de egresar en los días de fin de clases. Aunque eso es otra historia, y una muy vieja; ahora tiran rayos láser para festejar y toda la podredumbre educativa perdida en la corrupción por el carbono.

Pero Diego no pensaba en eso, poco le importaba, es más, poco le importaba el ambiente donde la sociedad se desenvolvía o si hubo algún pasado social, o si hubo algún sueño de destino para alguna persona de sus características, o si el surf espacial lo llevaría a la virtualidad de la red donde podría haber sido famoso de no ser por las pequeñas conexiones que su cerebro empezó a claudicar para buscar otras necesarias para completar un sentir personal, una necesidad inefable: digitalizar su vida en un sentimiento único transmitido a través de la conexión de su tabla. Todo labrado a mano. “¡Pero qué diablos!”, se decía a las 12.30 de un mediodía arrugado cual papel pasado por la maquinita de plástico sintetizado, esa que venden en el carrito a carburante de la esquina. Debía parar para completar los formularios en papel, método arcaico pero placentero, si ahora el cable de interconexión cerebral manejaba todo. Los sentimientos estaban reflejados en pantalla, era el control remoto para todos los electrodomésticos. De no ser así estabas acabado, fuera del circuito de comentario en las altas esferas. Pero así también, otro tanto poco le importaba a Diego eso, por no decir poco le importaba nada ahora.

En reiteradas oportunidades cruzó el lago que separa al gran basural pensando, diversificado en esos ensimismamientos y abstracciones sobre el destino: el destino como el perfume de la mañana que tenía su tabla; el final es el principio con olor a cable quemado; el destino como una astilla que se cuela en la yema de los dedos; el destino que encastra como una tuerca en el tornillo perdido hacía años. Los domingos, se decía, eran los momentos de hacerse libre del trajín y pesadez de los días anteriores, y en lo sucesivo necesitaría más papel para anotar los partidos y más limpieza para la tabla, que necesitaba ver siempre oblicua en la esquina derecha de la casa, motivo por el cual a determinados horarios el sol debía irradiar una brillo particular, luminosidad que, volvía a decirse, sólo el podría apreciar.

-Menos mal que Syd hizo Interestelar Overdrive y no murió en el intento.

Pero los tiempos era algo que no manejaba bien últimamente, como así tampoco sabía como había dado con el disco que muchas veces quiso emular en su maquina virtual personal, esa cajita de música no necesariamente de última generación -no podía darse esos gustos-.

-Dios no juega a los dados, evidentemente, y yo sé porqué: no le gustan los dados, porque tiene un rompecabezas. Ese rompecabezas es el destino, y si todo sucede así es porque está establecido de esa forma. ¡Y si el destino quiere que esté en este momento haciendo esto mismo, es porque la función evidentemente trasciende a mi conocimiento sobre lo global!

Saturno Cr4 -así se llamaban los huérfanos usualmente abandonados a la buena de dios conocimiento- también era compañero en la fábrica con Diego. “La profundidad se descubre llegando al fondo, se decía continuamente, y en ello era necesario fundamentalmente la voluntad de querer llegar al fondo, cosa que en estos días se ha dejado de lado por la virtualidad, que avanza a pasos agigantados por aislar las mentes en este destino cruel y dependiente.”

“El entorno donde se movían no les ha permitido llegar más allá”, rezaba el díario digital una y otra vez con los psico deportistas estancados en una ciudad llena de basurales y para practicar un deporte de segunda categoría pero muy prometedor.

-Vamos, vamos, liberate y salís, salís; te despertás del sueño de una vez, te abandonás a los vapores externos, te abandonás a todo, de vuelta a las sensaciones añejas, esas que nos mantuvieron vivos en medio de esta porquería.

-No puedo, ahora, Saturno, creeme que lo siento mucho. Esos tiempos pasaron para mí. Ahora el rompecabezas está en movimiento de otra pieza.

-¿Pero de que menhires me estás hablando, Rimeson? -dijo Saturno.

El ambiente del departamento donde vivía su amigo lo encontraba en un estado deplorable, peor del que hubiese imaginado. No había nada que hacerle, era evidente que no estaba en sus cabales y que difícilmente volviera a los proyectos anteriores.

“Ni siquiera sé qué es lo que está haciendo con todos esos cables y la tabla puesta casi saliendo a la ventana. Pero además de eso es la túnica que lleva puesta la que me inquieta…”

-Diego, la verdad, ¿no pensaste en llamar a tus viejos para que te den un mano además de la virtuaplata que pasan al mes? ¿Y se puede saber que es lo que llevás puesto?

-Es mi equipo de trabajo, por si te afecta en algo. Tenés razón: a lo mejor podría dejar todo e irme a vivir a lo de mis padres y olvidarme de la banda por toda la vida, y cuando me hagan notas diga que me olvidé de todos ellos -sentenció.

-¿De qué banda me hablás? Te digo la verdad, ya te pierdo el hilo de lo que tratás de transmitirme cuando empezás a parafrasear.

Después vino el más absoluto silencio y el ensimismamiento de nuevo. Los calores pasaron como llamaradas, esa necesidad de contemplar la tabla que la hacía volar, que era inevitable, pero Saturno que estaba ahí y molestaba su visión: siempre en soledad es mejor, pensaba.

Allá afuera el frío galopaba y abusaba de su metáfora. Allá afuera era otra realidad, una realidad cruel que atormenta y que ofrece el contrapeso a la felicidad, ese contrapeso desproporcionado que Diego no podía sostener, que se le escapaba de las manos, que vencía sus extremidades, que abarrotaba sus sueños.

Hubo algún tiempo donde prefirió las sacudidas de la tabla como descarga a las presiones de la fábrica, pero pasó el tiempo y la fábrica ya no era fábrica, era el rival que iba comiendo con sus fauces todo su entorno, iba proliferando cual maleza en los campos abandonados… sólo restaba Syd, que algodonaba los pesares en una atmósfera sin igual. Así lo trasladaba a su tabla.

Los cables eran el símbolo. Los cables iban a trastocar la parte virtual que tiene la mente con la real, que puede obviamente palpar, pero que no satisface, la tabla que no completa… pero eso por poco tiempo.

Las noches fueron haciéndose más densas para Diego a medida que el tiempo transcurría. Todo comenzó allá en el verano, cuando la tabla y sus frustraciones se fueron emparejando hasta hacerse uno solo, entonces la satisfacción mutó en angustia en forma recurrente, después aparecieron los cables para mitigarlo en parte.

Confiaba en que el destino tenía preparado todo esto de alguna forma, a lo mejor algunas palabras estaban de más, algunos mensajes estaban mal puestos… pero él iba a encargarse de ordenarlos. El camino recién comenzaba y había mucho que hacer. Unos padres que dejó hacía tiempo a veces le recordaban algunos puntos que se asemejaban al pasado… pero esos detalles eran como neblinosos, inconsistentes, y por supuesto, demasiados fugaces para detenerse. Había mucho que hacer.

Cuando dejó la fábrica en una decisión de poderoso peso para su situación, sintió la angustia, esa que come la boca del estómago cuando el espacio se achica demasiado… Y esas caras que le eran tan extrañas en la calle, todas esas reuniones deportivas y laborales que alguna vez pensó que podría soportar, pero no, mejor era huir. Mejor era refugiarse en el departamento y mejor era construir el proyecto que lo cambiaría para siempre, la única forma en que podría ser reconocido verdaderamente, tal y como se lo merecía.

El dinero no sobraba, pero era suficiente para resistir unas semanas. Después una llamada a sus padres solucionaría el resto. Se lo debían a causa de sus viajes y abandonos constantes. Se lo debían por lo duro que le fue la adolescencia desnuda, hasta que por fin pudo escudarse en la tabla: ella lo protegía del desenvolvimiento que tanta molestia le causaba.

Pero entonces Diego siempre viene a mi mente, en esos días fríos de invierno me ataca con mayor pavor y no puedo sacarlo de mi cabeza. Lo veo volar con su tabla por la ventana y no puedo pronunciar palabra, porque me asalta en las mañanas, me asalta en las noches, me invade en cualquier momento, inclusive cuando me levanto al baño en madrugada, porque sé que si no voy al baño no voy a poder dormir bien. Al principio sacarlo era bastante simple, si limpiaba el ambiente con mis nueve apretadas del rayo infrarrojo, después requirió de algo un poco más complejo…

Pero lo peor de todo esto no es la imagen de Diego volando al infinito, lo más desgarrador es la forma en que Syd me canta en mi cabeza.

Anuncios