El ojo de mi alma siempre mira al cuento de la muerte y las parálisis y los destinos, la suerte y los caminos; los senderos se bifurcan y los caminos se confluyen. Las empresas se caen y los destinos son siempre los mismos, un final hacia mentales diferentes posibles.

Veo otras dimensiones.

El tema de empezar a escribir siempre me trata de la misma forma, se decía Jorge Alberto de la Croza Turbia, amante de la escritura minimalista policial y palabras que desconcertaban su alma, desempolvándolas en un cuaderno amarillento del cual hacía uso en las cercanías de la medianoche, cada día, como atenuante al rigor de la fábrica que absorbe vidas y si pudiera contratar robots, lo haría, como sabiamente pronunciaba su mujer.
-El destino no hace acuerdos con mi mente, he de encontrar un significado a mis palabras, o moriré en el más grave silencio del intento de mover mi cabresante mental para rescatarme del abismo.
Hablar como perdido en los siglos es un ejericio mental de duro roer, pero sirve sin lugar a dudas para soportar el tortuoso destino del hambre de los últimos días antes del sueldo…

El operario bordea los senderos de las mulas, arricona en oficio a las vacas y termina acusando un delicado equilibrio con el caballo del cartonero de turno. Así deambulaba el rigor semanal en su mente obsesionada con el despertar floral de una nueva era.
Cómo no sentirme así, se decia el Indio Solari en la radio y la fábrica deambulaba el caminar del sol hasta el ocaso, una pieza y otra, una pieza, un almuerzo, un cubierto, el futuro ya llegó, caminemos a la parada de colectivo, yo voy en trenes, no tengo dónde ir.

Algún aliciente en la lectura, una esposa pobre pero amorosa, un pequeño espacio sin hijos, triste, perdido en la urbe despiadada.

Algún lápiz que traza sueños, algún día en el firmamento que sonríe, los ojos y la música se unen y me calman… a mí, a mis agotadores días, a mi cama pesada. Mochila en mano antes del alba y vuelta a emprezar.

Pero un día las piezas empiezan a pasar fugazmente y la visión se dificulta. Jorge Alberto de la Croza Turbia empieza a ver huecos en vez de piezas, y se acuerda de aquel científico de la dimensión desconocida que se esfuma por el deseo de no permanecer encerrado…
Entonces se mete por un orificio imaginario (o no) y desaparece.

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