El padre abad con su andar cansino recorría la habitación en la búsqueda de algo que aparentemente estaría contra la pared izquierda, muy cerca del ventanal. Tanteando con sus manos callosas, pergamino de los años que acompañaron la ardua tarea de dirigir el conglomerado religioso, antes como herbolario, con conocimientos también sobre arquitectura y preparación en diferentes actividades cotidianas, tanteaba en las elevaciones una minúscula especie de botón incrustado casi en la arista de la misma. Con un chirrido que acto seguido hizo esbozar una leve sonrisa (casi imperceptible) en su rostro, el espejo frontal se abrió en forma pausada para dar lugar a una apertura conal, pequeña para el paso de un cuerpo de costado, sin mencionar las acrobacias que debería hacer algún mortal un poco excedido.

Con la luz de una vela, cruzó el umbral y se dirigió por el pasillo casi en penumbras de unos veinte metros, con leve declive y con una curva poco pronunciada.

Allá, afuera, el pasado en la soledad de la abadía guardaba los secretos de retiro, el silencio, el sufrimiento, la peste del año treinta que se llevó a muchos de sus hermanos… pero era, en rigor, algún designio distante del señor.

Los monjes habían realizado sus actividades el día de hoy como todos los días, al alba. “Algunas labores casi mecánicas deben llevarse con un espíritu poderoso”, rezaba el abad. “No dejes que el influjo del ocio domine tu cuerpo y mente, el objetivo es lo que llevará el buen orden de tus funciones, y esos mismos objetivos me han traído hasta donde estoy aquí hoy”.

Los jóvenes monjes llevaban esas palabras impregnadas en su mente desde los primeros días de su llegada al edificio y así es como debía ser. “Las mentes jóvenes son muy volubles y también podría arriesgar que volátiles, por lo que es mejor el conocimiento en rodajas de pan cada día que la hogaza por sus cabezas”, sentenciaba.

Pero había uno que no podía controlar con simples palabras. El joven hermano Marcos, ansioso de conocimiento, rebelde por naturaleza, entrometido y siempre llevando sus narices donde no le llamaban, tenía a mal traer al viejo abad. Este último se había comprometido especialmente en la corrección del novel, como se lo había comunicado al hermano profesor Jeremías, monje el cual se encontró en más de una ocasión en aprietos por la insidiosa (como éste le decía al abad) lengua del joven novicio.

Sus ansias de saber, sus cuestionamientos, sus preguntas sobre la divinidad iban en contra de muchas de las políticas que la abadía guardaba celosamente con el correr de los muchos años que llevaba en pie, y tales inquietudes deberían ser reguladas por el superior, se decía a sí mismo el abad en las horas de pensamiento (no de ocio).

Ahora la hora era otra, y lo que tampoco parecía igual era el sendero al laboratorio. Había un extraño olor… como si alguien hubiese pasado antes. Las sospechas se hicieron realidad cuando vio parado en medio de la mesa de trabajo al joven monje Marcos, aguardándolo con su cara sobria, sagaz e invariablemente inevitable.

Quería una explicación a todo lo encontrado: una mesa llena de muestras, un crisol, un mortero, un horno y demás artefactos propios de los experimentos de la gran ciencia. De todas formas ya lo sabía, ya lo había leído en incontables ocasiones en los libros prohibidos y sabía de qué se trataba. Lo que quería saber era por qué estaba vedado a los demás, por qué era un trabajo del que nadie sabía nada y tema el cual no era parte de la enseñanza en la abadía.

-Verás, mi querido hermano Marcos –empezó a pronunciar un abatido abad a la luz de la única vela que iluminaba el recinto-, los secretos alquímicos no están tan bien reflejados en los libros y muchos de los símbolos tratados en ellos pueden prestar a ciertas confusiones. No voy a cuestionar tu sagacidad ni preguntarte cómo es que has llegado hasta este lugar secreto, cosa que ninguno de tus hermanos ha osado hacer y tampoco he tenido noticias en el registro de la abadía de que lo hayan intentado anteriormente. Pero sí puedo decirte que esto no es bueno… nada bueno.

-¿A qué se refiere, estimado abad? Es cierto que pude observar durante algunas noches sus movimientos y que tuve la osadía de escabullirme hasta su laboratorio… pero es que deseo saber algunas cosas y usted sabe de mi interés por est…

-No digas más, hermano, por favor te lo suplico. He de contarte.

La cara de sorpresa de Marcos ante tal afirmación fue notoria y no pudo evitar exclamar y expresar su alegría al maestro abad estrechándole sus manos.

-¡Gracias padre abad, muchas gracias por explicarme, muchas gracias por evacuar mis ansias de conocimiento!

-Tranquilo, hermano Marcos, ten en cuenta que es un tema delicado. Verás, el tratamiento de la materia no puede ser enseñado así porque sí entre los jóvenes monjes, requiere de una iniciación… emmm… mira, este conocimiento encierra un saber invalorable, algo que tu ni siquiera podrías llegar a comprender con tus ansias de saber, como bien me dices… eehh… lo que intento decirte es que la combinación de la materia abre puertas… puertas de las que mejor, para evitar explicaciones, deberías comprobar con tus propios ojos. Abriremos una esta noche.

Marcos no caía ante tales afirmaciones. Parecía salido de un libro secreto egipcio, de la biblioteca de Alejandría o de algún lugar remoto de los libros perdidos que en alguna oportunidad se informó cuando adolescente, hacía algunos pocos años. De todas formas la veracidad de lo contado por el abad estaba por verse, tendría que verlo con sus propios ojos, como bien dijo el maestro.

El maestro abad encendió el crisol y colocó un líquido amarillento que se encontraba estacionado en una pequeña vasija de cobre. A los pocos minutos el líquido comenzó a burbujear, por lo que el viejo monje se apresuró a tomar un espejo de mano y colocarlo justo encima del crisol, separado por unos escasos cincuenta centímetros, inclinado en unos cuarenta y cinco grados. De repente un rayo de luz se precipitó hacia arriba, chocó en el espejo y generó en la pared un agujero de aproximadamente un metro de largo por sesenta de ancho, neblinoso y oscuro.

-Esto es, querido hermano, la respuesta de por qué el secreto debe ser guardado y para ello el silencio es primordial. Esta puerta es los tiempos, donde éstos se acercan oscilando en una curva que no comprenderás jamás. Te invito a que asomes tu cabeza para que puedas vislumbrar algo… ¡¡y ver!!

El hermano Marcos no salía de su asombro. El insólito ofrecimiento del abad lo apabulló y dejó aniñado por unos momentos. Pero las ansias de conocimiento pesaban más y se adelantó por el cuarto hasta la pared otrora lisa y blanca. Lentamente introdujo la cabeza por el hueco, observando una nebulosa que lo hipnotizaba. Para ello, hubo de inclinarse un poco en el suelo, ya que la puerta se encontraba a la altura de la arista, un metro hacia arriba.

Raudamente y depositando el espejo en un frasco, el maestro abad tomó una barra de hierro y le propinó un golpe significativo al hermano en cuclillas, lo que hizo que éste trastabillara y se perdiera por el hueco nebuloso abierto. Ningún ruido se escuchó. Seguidamente el maestro abad cerró la puerta pronunciando unas palabras alegóricas al señor, apagando el crisol y quitando el espejo de la posición donde se encontraba.

A la mañana siguiente los sorprendidos jóvenes monjes fueron recibidos por el abad con una carta de despedida del hermano Marcos, alegando en ella que se vio obligado a abandonar la abadía urgentemente por la pérdida un familiar muy cercano, por lo cual no pudo esperar a despedirse de sus hermanos.

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