Mi motocicleta ruge en las rutas desoladas, contemplando atardeceres. El viento caluroso del verano en mi cara y cuerpo podría decirse que me hace sentir libre: tengo la visión. Después de dejarlo todo por una vida nómada, cambiando sedentarismo, oficina y una mujer adicta a las reuniones sociales de narices estiradas (como así también a las joyas), no me arrepiento de nada. Manejaré hasta el fin del mundo.
Por las noches paro en esos hoteles que parecen salidos de una película de carreteras, para que a la mañana siguiente, una vez recargadas las energías, pueda continuar viaje. El fin del mundo es el fin de la ruta, a eso me refiero. Pude acumular algún que otro dinero gracias a varios negocios sucios en mi pasado. El delicado sistema que equilibra las cosas me indica muy en mi interior que algún día pagaré por ello. Pero ahora no importa tanto, seré el dueño de mi propio destino sin tener que responderle absolutamente a nadie.

Una noche me detuve en uno de esos sitios donde se juntan los camioneros a pasar un buen rato, jugar al pool y posteriormente y si la suerte los acompaña, irse a dormir a la cucheta del camión acompañados de alguna reventada que trabaja por allí. Ese sábado el parador estaba atestado, a converger en un cruce de rutas interprovincial importante. Y la mala combinación de los factores primeramente mencionados generó una pelea en la que me vi envuelto, repartiendo puñetazos a troche y moche, sin conocer la cara de quien recibía, sea varón o mujer… sólo pude ver cómo un barbudo con cara maliciosa me asestaba una terrible trompada en la mandíbula. Luego las estrellas… después la nada misma.

No sé cuánto tiempo fue que estuve tirado fuera del bar, en el piso, llena de tierra mi ropa y cara, con olor a orina, hasta que alguien me pateó y me tiró un vaso con agua (o eso creí) en la cara. Era una mujer.
-¿Podés caminar?
“Calculo que te voy a responder afirmativamente si llego a poder levantarme”, había pensado, pero sólo atiné a aseverarlo con un leve movimiento de cabeza. Me incorporé y ella volvió a preguntar, en este caso si tenía a dónde ir. Le dije que no. Luego de unos instantes que los interpreté como dubitativos en ella, se ofreció amablemente a curar mis heridas si yo afirmaba que no era ni un violador, ni un degenerado, ni ladronzuelo. Me reí hasta que el dolor me posibilitó hacerlo y dije nuevamente que no.
Su casa estaba a tan sólo unas cuadras del bar, por lo que sugerí que nos fuéramos en mi moto… Alzando en forma pausada la vista pude verla tirada en el suelo, con la rueda delantera aplastada por lo que podría haber sido un camión y la trasera pinchada. Caminaríamos.
No hablamos mucho durante el trayecto, más bien cruzamos sólo pocas palabras. Cuando llegamos a destino me encontré con una casa bastante derruida, con visibles marcas del paso del tiempo y falta de mantenimiento. No pude calcular cuánto, pero me sugerí que el suficiente. Pasamos. El interior no era mucho mejor. Le pregunté, al pasar, si vivía sola, por lo que respondió que sí de un modo tajante, como sin dejar espacio a otras preguntas por el estilo. De todas formas intenté interrogarla un poco más, pero abruptamente me dijo que me sentara en la silla de la cocina y que esperara, ella buscaría algo con que limpiar mis heridas. Sospechaba de esta buena samaritana, algo no me gustaba en ella, pero le resté importancia. Al regresar la ataqué con un “¿cómo te llamás?”, devolviendo otro seco: “Sara”. Comenzó a pasar un paño con lo supuse era alcohol y algo más, que no podía detectar, sobre mi pómulo izquierdo lastimado. Repitió este acto varias veces hasta que sentí un impulso de atracción repentino. Nos besamos acaloradamente. Me sentía atontado luego de soltarnos, como preso de un sopor. Seguidamente, ese sopor se transformó en parálisis, primero en la cara, después en las manos, luego en todo el cuerpo. No podía moverme y caí en el piso. Su saliva tenía algo, eso era, la había encontrado con un sabor muy denso…
La mujer se alejó lentamente unos pasos, describió un círculo sobre mí y se desnudó, descubriendo una belleza sin igual. Estaba sedienta. De su boca salieron dos grandes colmillos que la depredadora sagaz hincó en mi cuello. Estaba acabado.

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