Dándole vida a una idea Vale. Y es para Vale.

La habitación, si bien pequeña, era acogedora. La mesa, como siempre, estaba servida para dos. Marta disfrutaba cocinado esta, como todas las noches, y afortunadamente todo habíale salido a pedir de boca, la comida no se había quemado como en incontables ocasiones a causa de su inexperiencia. De todas formas su esposo, Franco, era un marido ejemplar y tolerante, que poco reclamaba y rara vez emitía queja (en realidad Marta no recordaba que alguna vez se haya quejado de algo). Éste llegaba ya entrada la noche, tras la dura jornada laboral como leñador en los bosques.
En eso Franco hizo atravesó el umbral de la puerta y saludó a su esposa. Acto seguido, Marta sirvió en un pocillo la sopa para ambos. Si bien pobres, llevaban una vida moderadamente feliz. Y eso a Marta la reconfortaba. Moderadamente por los pequeños detalles de los pantallazos en sueños, incongruentes, que la despertaban durante las madrugadas. En ellos podía ver a una persona vestida de blanco aproximándosele; no entendía muy bien para qué, pero era como si quisiera meterle algo en el cuerpo. De estos sueños optó por no contarle nada a su esposo, serían angustias pesadillescas que la atormentaban de vez en cuando.

Durante los siguientes días pudo Marta dedicarse a sus quehaceres cotidianos sin la sombra de los sueños, que por fortuna se habían disipado.
Era el año de nuestro Señor mil setecientos noventa y cuatro, con una bella mañana otoñal. Marta se dirigió a tender la ropa, caminando unos metros al salir de la casa de piedra, perdida en las colinas, en un remoto paraje escocés. De repente, el brillo del sol la incomodó, así como de forma imprevista empezó a percibir unos flashes extraños, iguales a los de los sueños, pero esta vez en plena luz del día y lo que era peor… despierta. Trastabilló. Se sintió mareada. Prefirió ir a recostarse por su malestar y desconcierto. Es posible, pensaba, que fuera algo pasajero. De todas formas no lo sabía muy bien. Casi llegando a la cama se sintió desfallecer. Franco había salido temprano como cada día, antes del alba. Estaba sola y desesperada. Las imágenes de su mente se trastocaron con la realidad del lugar, por lo que emitió un grito desesperado. De forma incomprensible, vio una persona, la misma persona de blanco que veía en sueños abalanzarse hacia ella. Cuando estuvo a punto de tocarla Marta de desplomó en el suelo producto del desmayo. Por la noche, al llegar Franco de la Jornada laboral, la encontró en tirada, yendo desesperado a su encuentro, intentando reanimarla. Luego de varios intentos pudo hacerla reaccionar, preguntando éste qué era lo que había sucedido. Todavía algo atontada, concluyó que ya no había espacio para ocultar nada. Le habló de los sueños recurrentes, de la imagen de la persona abalanzándose hacia ella. Franco, en tanto, meditaba sobre lo sucedido. La consoló diciéndole que se quedara tranquila, que podría deberse a diversos factores, mezclados con la soledad, la imposibilidad de tener hijos y la víspera del que perdieron dolorosamente… Estas palabras alentadoras, sin embargo, ocultaban la angustia interior de sospechar que su mujer estuviera enloqueciendo.
La tomó en sus brazos y la acompañó a su recámara, trabajosamente. Al subir las escaleras, Marta empezó a sentir la realidad nuevamente alterada, muy parecida a los sueños tan vívidos de días atrás. De pronto, la habitación, escaleras y todo el lugar se desvaneció para transformarse en un cuarto blanco. Marta gritó. Franco también había desaparecido.
Inmediatamente el hombre de blanco ingresó por una puerta (la única que había en ese cuarto cuadrado) y sin mediar palabras la tomó por el brazo, inyectándole algo que rápidamente la hizo tranquilizarse, entrando en un estado de sopor. La puerta volvió a abrirse, para pasar por ella otro hombre vestido de blanco, visiblemente nervioso por la situación. De nuevo con las alteraciones, decía, cada vez las ausencias son más holgadas, qué vamos a decirle al Sr. Franco, que paga cuantiosas sumas para que se recupere, o por lo menos para que esté moderadamente bien y esta mujer está cada vez más loca. Tendremos que volver con los electrochoques. Y será mejor no perder tiempo, le avisaré al doctor por el intercomunicador, sin mediar más tiempo.
Marta no se había dormido y pudo ver, antes de cerrar los ojos completamente como aparecía la chimenea de su casa aplastando literalmente a los dos enfermeros, dando paso a las paredes, la mesa, las sillas y la escalera.

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