Las hordas de Drakken no tardarían en llegar. Mi destino y muerte estaban marcados. A la luz de la única vela de mi casa escribo estas líneas para que futuras generaciones tengan a bien una guía, una causa, una forma de ser y obrar diferentes, una forma de pensar un poco más noble.
Cuando adolescente, exploré los bosques prohibidos de Litmaher. Nunca llegué a comprender el porqué de su restricción y porqué los grandes patriarcas evitaban que nos acercáramos a ese lugar. De todas formas mi interés pudo más y una noche me aprovisioné partiendo en la búsqueda de esa verdad vedada. La distancia entre mi aldea y el bosque era de aproximadamente veinte lúbelos, por lo que no tardaría más de cuarto de Ziryx en llegar. Pasado el punto álgido del satélite llegué al bosque, atravesando los árboles de entrada. Aproximadamente a dos lúbelos y medio divisé una enorme gruta, o mejor dicho, una especie de entrada que conducía a un posible claro a corta distancia de él. Me adentré lentamente. Ante mi sorpresa, divisé una estructura, algo parecido a una esfera gigante de metal encallada en la tierra. No sin cierto temor, fui acerándome más y más… vislumbré una entrada en ella, una escotilla semiabierta. Luego de varios minutos de meditar y debatirme entre el miedo a lo desconocido y la adrenalina de la aventura, opté por entrar, pasase lo que pasase. Con el terror latente, subí por la escalerilla. Ya dentro de la cúpula, un hedor putrefacto me invadió. Olía a descomposición. Avanzando a tientas, me topé con una protuberancia en la pared que accidentalmente presioné, accionando un interruptor de iluminación (digo esto naturalmente ahora luego de los acontecimientos vividos, pero el pasillo se hizo de día en plena noche, y fue sorprendente). El pasillo me condujo a una sala donde aparecieron ante mi vista los más extraños aparatos de mando de la nave y mi corazón dio un vuelco al ver los cuerpos poseedores de tan desagradable olor. Tres cuerpos aparentemente calcinados por lo que argüí fue un incendio en un sector de la nave. No podía ver sus caras: poseían un casco blanco, con un vidrio que me impedía ver la imagen en el interior. Intenté sacarlo o moverlo, pero se encontraba atorado por algún tipo de dispositivo. Luego de varios intentos… el horror. Mis gritos se escucharon en la soledad de la noche. Cómo describir lo que vi… Esta cara al descubierto tenía dos ojos, pelo en la parte superior, algo que parecía un hocico pequeño, con fosas nasales diminutas, una boca frontal insignificante. Sorprendido y a la vez asqueado, di unos pasos hacia atrás. Qué hacer en esos momentos fue la duda que me invadió. Decidí revisarlos a todos. Eran tres estos seres extraños, dos de ellos quemados por completo. Dubitativo, me dirigí a examinar el tablero de mandos, donde en un sector se reflejaban imágenes distorsionadas, pronunciando algo en un lenguaje incomprensible. Sin saber qué rumbo tomar ante tales artefactos desconocidos, opté por salir. Cuando ya casi estaba fuera de la habitación escuché un gemido… era uno de ellos que aún vivía (el más agraciado por el incendio). Me acerqué. Intentó pronunciar palabra, pero lógicamente no logré comprenderle. Me hizo señas que le diera un pequeño aparato situado en la caseta a escasos direts de donde nos encontrábamos. Accedí y al entregarle la minúscula pieza semejante a metal se lo acercó a su cara. De manera prodigiosa, cuando comenzó a hablar (entrecortada y dificultosamente) podía entender lo que decía.
-No temas… me llamo… Martín Rector… vengo de la Tierra… un planeta de lejos de aquí… mucho tiempo de viaje… estuvimos buscándolos… y los encontramos… pero hemos llegado antes… mucho antes…
A pesar de comprender ahora sus palabras, seguía sin asimilar lo que intentaba decirme, pero lo dejé proseguir sin preguntar.
-Alguna vez ustedes vendrán… es complicado de explicar… algo salió mal en los cálculos… nos estrellamos por la diferencia de atmósfera entre tiempos… ángulo distinto de entrada… pero no importa… tarde y estoy muriendo… acerca codificador a la computadora y te enterarás… no olvides que…
Eso fue todo cuanto dijo y su escasa vida le permitió. Pasé un largo rato pensando, avanzada la noche, examinando la habitación donde me hallaba, buscando la forma de proseguir con lo que fueron sus últimas palabras. Acercar el aparato y comprender…
Aproximé el transformador de voz a la pantalla (la señalada por el navegante de los cielos, otra de las tantas en la nave):
-Bienvenido. Esta central está destinada a la información vital sobre el planeta Tierra, lugar de procedencia de la nave y de los tripulantes que se encuentran en ella. Por favor, seleccione la opción deseada. Ha seleccionado historia. Comenzando.
Estuve el resto de la noche y parte de la mañana mirando esa “pantalla” que además de explicar me mostraba con gráficos y sonidos la forma de vida de estos “seres humanos”, como lo llamaba la pantalla. Venían a buscar una ayuda desesperada. Hablaban de la angustia presente, el tiempo, su evolución y apogeo, sus profetas y los que les enviamos. Vislumbré nuestra necesidad sobre ese planeta, sin entender como sería eso posible… las tecnologías, el tiempo-espacio…
No puedo seguir escribiendo. Drakken viene para eliminarme en sus dinosaurios. Ya puedo oírlos. Sólo resta decir que estos humanos venían a verme, pero dentro de mil quinientos años, cuando me convirtiera en un profeta. Necesitaban que transmitiera un mensaje de paz para próxima era tecnológica. Se suponía que sería la guía y que no debería morir… pero el destino o está marcado… o es oscilante y cambia en un constante reordenamiento argumental. De todas formas Drakken me matará.
Dejo estas líneas para que alguien pueda continuar el mensaje. Es preciso que…

En ese momento el ejército del lagarto irrumpió en la casa del joven perseguido, dándole muerte. Drakken avanzó imponente, mirando a su alrededor, percatándose del último acto del reptil muerto. Tomó la carta y la guardó para sí.
Tiempo más tarde, calmados los ánimos de venganza a pensadores distintos, al regocijo de su aldea, a la luz de la chimenea, leyó detenidamente el mensaje y la descripción del fallecido acerca de sus peripecias. Descreído, en los días siguientes fue a corroborar tales dichos personalmente.
Aceptando el hecho incongruente y extraño de su realidad, el disciplinando y práctico lagarto tuvo una genial idea: lo suplantaría. Esperaría a esos humanos en el tercer ciclo, al cual restaban mil quinientos años para acceder… y los atendería. No del modo que ellos esperaban. Estos acontecimientos cambiaban también su plan inconsistente de poder, sin rumbo fijo. Esto daría a su reinado una orientación impresionante. Ya tendría el mensaje para futuras generaciones: cultivar el mundo nuevo.
Los lagartos no debemos caer en la peste de la condescendencia y la bondad. Era preciso iniciar el cultivo, los recursos naturales escaseaban y lo harían mucho más en las futuras generaciones. Las semillas… la tecnología… todo era nuevo y fascinante.

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