Esto no puede ser. ¿Es que acaso la gente no se da cuenta de los levantamientos en las veredas? Cada día uno nuevo, como si yo solo los viera. El periodismo nada menciona. Me levanté hoy por la mañana, camino a mi negocio y otro más, justo en la puerta del edificio. Le pregunté al portero que cómo podía ser, si no estaba de acuerdo en que la intendencia debía de hacer algo, pero con lo atareado que estaba atinó a responder: es la vida, tengo que hacer… y se metió en el edificio a limpiar los pisos.
Toda la gente lleva un ritmo acelerado desde hace tiempo. Todo comenzó con la tecnología. La tecnología y la pérdida de la religión van ligadas de la mano. Ahora voy a mi local y no puedo creer, levantamientos de la vereda por doquier. Esto es insostenible. Voy a escribir al diario local.

A la mañana siguiente nada nuevo en las noticias. Ni una mención. Que la bolsa estalla en crisis, que más muertes, que la economía va en picada, que la recesión y el temor al hambre. En un mundo en donde debería de haber para todos, pero no. El billete virtual te come el cerebro. Encima hoy salí y el levantamiento nuevo estaba casi impidiendo la salida, que tuve que trepar por el cemento que sacó del piso, subir la pequeña lomada, tocar el techo del recibidor de entrada y bajar para estar en la calle finalmente. El portero sólo se quejó de tener que baldear más vereda que antes, con lo atareado que estaba hoy. Qué cosa increíble.
La gente por la calle parece autómata, pero estos días más que nunca. Van con sus trajes, hombres y mujeres con buena presencia, los celulares, hablando a más no poder sobre la empresa, los chicos, juntarse algún día a comer (que nunca será ese día porque se promete en vano), el trabajo, el negocio y las finanzas. Lo único que importa. Al mediodía el corte, el sanguchito y a seguir. Todos así. ¿Es que nadie ve las lomadas en las veredas?

Por la noche cuando llegué a casa recibí la respuesta del diario en mi buzón de correo. No tenían espacio para nimiedades. La crisis era lo importante hoy día, pero prometían en compensación enviarme un ejemplar gratis mañana con el suplemento especial de cómo invertir en bolsa para estar preparado para la recesión mundial. Qué me importa la recesión, si de todas formas crisis o no crisis yo mañana voy a dibujar la historieta al negocio para la editorial. Hay que comer y me tengo que preocupar por eso.

Hoy llamé a mi ex esposa. Por lo menos ella me comprendió en algún tiempo. ¿No te molestan las lomadas, esos levantamientos de las veredas y calles que hacen casi imposible transitar normalmente y que a la gente, pareciera ser, poco le importa? Me respondió con un: mi jefe me tiene loca con el papeleo antes de fin de semana y los catálogos por Internet para una nueva empresa extranjera. No pude ni siquiera mirar la calle estos días. Los chicos están bien, pero este sábado no vengas que tienen club y se van a jugar al pueblo vecino.
Ah, genial, más solo que un perro y encima sin respuesta. Mejor me voy a dibujar.
La verdad que no pude entender como el colectivo pasó por encima de la loma con toda esa gente. ¡Debe tener más de dos metros por encima del nivel de la calle! Y el chofer y la gente como si nada.

Pero lo peor comenzó cuando los brazos metálicos emergieron de esas lomadas creadas. ¡Pero si sabía y se los avisé! Ya notaba algo extraño. Ahora están esos tipos extraños vestidos con mamelucos que salen de esos brazos como ascensores, caminan por la calle con esa tecnología despiadada que casi prohíbe la decisión, apresando a unos y matando a otros. Los presos sumidos en sus propios gritos desaparecen por esos brazos inquebrantables. Lo único que atiné a hacer fue a llamarla a Marta para que se escondieran. Nadie respondió el teléfono. Ya habían salido. Mejor sería correr y esconderme. Eso hace toda la gente asustada, supongo. El tema era esconderme dónde. ¿Y la policía? ¿Y los militares? Alguna defensa, alguien. Qué pasaba, estaba todo preparado, estaban desapareciendo todos. La pregunta que siempre me hacía cuando veía una película de muertos vivos o la guerra de los mundos era si en medio del caos, cuando hay siempre cierta tranquilidad, la gente debería ir a trabajar. O sea, me imaginaba si la situación fuera real y en medio del desastre, cómo comería la gente o si tendría que seguir trabajando… ¿vendría el aviso de corte del cable? ¿A quién me quejo si se corta Internet?
Yo fui a trabajar igual. Llamé a Marta a la mañana. El contestador. Son ciento cincuenta kilómetros, pero a lo mejor no pasaba nada allá, hoy a la noche si se puede viajo igual.
A la tarde cerré a las cinco en vez de las seis, como todos los días. Igual la editorial me dijo que me tomara mi tiempo, la distribución cayó bastante por todo esto de la crisis. Ah, que tuviera cuidado con algo que le habían comentado de las calles, me dijo Jorge. Pero estos tipos están descerebrados, tenemos el quilombo acá, en las narices y ni siquiera lo ven.
A las siete salió el micro. La gente hablaba por teléfono, usaba sus computadoras de mano, escuchaban en el reproductor personal o miraban la película que puso el conductor con la cara de piedra más asquerosa que vi en mi vida. De acompañante tenía a una viejita que se dedicaba a tejer para no se qué nieto que estaba por terminar la carrera de inglés. Pero señora, no le preocupa lo de estos brazos metálicos, en ningún lugar se lo menciona. La verdad mijito que tengo que tejer esto, porque mi nieto es lo único que me preocupa ahora, no quiero que se me muera de frío… Hasta este punto llegamos, váyase un poco al carajo, señora. Con todo respeto.

La situación en el pueblo no era mucho mejor cuando llegué. El panorama no era para nada alentador. Bajé yo nada más, ni un alcanza valijas, nada en la Terminal. La ruta estuvo levantada por doquier y el conductor parecía como entrenado para sortear las lomadas. Caminé unas cuadras hasta la casa de Marta. De sus padres. Donde vivimos gran parte de nuestras vidas. Hasta los hijos, hasta las peleas, hasta los problemas de plata, hasta que se enamoró de otro. Hasta mi vuelta a lo de mamá, que por cierto no era tal compañía, estaba en lo de una hermana desde hacía años.

Cuando me estaba acercando a la cuadra donde se ubicaba la casa, todo estaba destruido por una gigantesca loma. Ahí entré en razones que el teléfono sonaría por siempre. Habría salido antes, a lo mejor se fue a lo de la prima unos días, a lo mejor pudo escapar. Empecé a correr desesperado. Doblé en la esquina y un brazo metálico me disparó una especie de rayo que me absorbió. Me desperté en una cama metálica, con dos tipos con mamelucos y gafas inspeccionándome. Tranquilo, no te preocupes, ya estamos cerca, alcancé a escuchar que hablaban a lo lejos. Estamos reclamando lo que es nuestro solamente. De dónde pensabas que venía el dinero. Centurias bajo tierra esperando la debacle. Su propia debilidad. Nosotros sólo fuimos por unas migajas, fue como recoger la siembra.