Archivos para el mes de: enero, 2009

Una mañana me levanté y vi todo diferente. Al despertar recordé que había soñado algo. Mi personaje (yo) tenía una familia y vivía en un paraje extraño para mí, pero reconfortante. Las personas y eventos eran más o menos parecidos, pero disparejos a la vez, y como pasa con los sueños complicados, cuando se los querés contar en voz alta a alguien más se enrevesan las palabras y lo que fue soñado se mezcla con alguna imagen que nada tuvo que ver, o con distintos sueños también. De todas formas le resté importancia y me fui al jardín a preparar la parrilla para el asado. Vivíamos con mi señora en una porción de tierra en el Medio Cielo. Digo vivíamos por vicisitudes que acompañaran el comentario de lo que pasó el día de hoy.
La porción de tierra en el Medio Cielo fue una invención genial (para los propietarios de la tierras) a los problemas de superpoblación. Estas tierras son fragmentaciones de terreno elevadas a cierta altura (unos cien metros o algo más sobre el nivel de la tierra) donde pueden alojarse familias, con la dependencia exclusiva al gobierno. Quien lea esto podrá pensar, pero si están avanzados tecnológicamente, cómo fue que no tienen autos voladores como en las películas futuristas, como fue que los viajes espaciales no permitieron que el problema de la superpoblación se solucionara distribuyendo a la gente en diferentes bases en el espacio o en otros mundos. Nada de eso sucedió en realidad y el futuro nos encontró desprevenidos a todos de la noche a la mañana. En diez años la población aumentó descomunalmente por el plan de trabajo de tierras medio cielo, donde cada familia mundial del banco de control universal, que rezaba: si tiene más de diez hijos, su familia será beneficiada con una tierra hermosa en el lugar más hermoso jamás creado por la mano del hombre. La gente se lo creyó y obviamente nada de eso llegó a un fin aceptable. Las tierras fueron propiedad del banco estado y las familias numerosas sumidas en la pobreza, aisladas y trabajando para los bancos. Mi “esposa” y yo somos el resabio de un reordenamiento de hace algunos años. Las anécdotas fueron transmitiéndose cada generación, ya que no existía posibilidad de bajar o conocer algún otro lugar, salvo por reordenamiento.

Esa mañana me dirigí como tantos otros días a hacer un poco de animal asado que nos tiraban de las naves a modo de alimento dos veces por semana. Racionábamos lo suficiente como para simular que teníamos para todos los días.
A regañadientes por ganas de quedarme tirado todo el día en la cama me fui al patio. Allá las cosas no eran mejores. Desolación, páramo y vacío. Pensé en saltar y olvidarme, pero al instante me vino la imagen de Marta llorando en soledad y desistí. No tanto por ella si no por la visión a través de un tercero de mi cuerpo sin vida. Corté con el cuchillo en resto de animal sacado de la heladera y encendí el fuego. Pensé en el cosmos y los viajes interespaciales. Pensé en hijos y estrellas. Pensé en una felicidad plena (algo que no conocía). Me mantuve absorto en los pensamientos hasta que me trajo en sí la nave repartidora. Algo de comida para los vecinos de la otra isla aérea. Algún día todo esto va a terminar, y por fin saltaremos todos al vacío. Pero el vació tenía como fin nada más que otra porción de tierra aún más grande esperando abajo. Y superpoblada.
La comida transcurrió en silencio. Como el resto de los días, para variar. A veces pasaban semanas sin dirigirnos la palabra. Marta no podía tener hijos, y eso nos limitaba a sólo tener al otro -momentáneamente- como compañía. Después de la ingesta mecánica, el lavado mecánico seguido del té, la siesta también mecánica, el pensamiento mecánico echado en la cama, el sopor mecánico, el deseo mecánico de un bienestar algún día… el sueño.

Por la tarde miré el firmamento. Abajo seguramente varias familias lucharían por comida. Es ese sentido éramos los mas beneficiados. Abajo las disputas eran otras. La comida no era regalada. Directamente la comida no era. En ese caso no lo comprendíamos bien, pero abajo, por habladurías de infancia, la lucha por la supervivencia era feroz.

Cada cuatro años y según los registros del gobierno había un reordenamiento en medio cielo. Lógicamente este reordenamiento era arbitrario. Fue así como llegué a dar con Marta. Hace algunos (cuatro años para ser exacto) me sacaron de mi isla y me “plantaron en la de ella”, llevándose en el mismo procesos a toda su familia. La misión: reproducirnos a más no poder. Sólo esas palabras, sólo un objetivo.
Nuestro problema se presentaría en los siguientes meses, cuando la misión reordenadora fiscalizara que no hubo procreación. Imaginé que seríamos trasladados. A lo mejor eliminados los dos.

La nave llegó antes de lo que esperamos. Aterrizaron en la noche. Fueron rápidos. Un grupo armado bajó de la nave, ingresó en nuestra casa. No se las iba a dejar fácil. Me había acostumbrado a dormir con un cuchillo esperando este momento, no sabía bien qué iba a hacer. Tampoco hablé con Marta, ella fue directamente a entregarse, aceptaba su fin con sumisión. De alguna forma deshicimos en el momento el compromiso obligatorio impuesto por el estado. Salí por la ventana y me encontré con uno de los tantos que rodearon las cuatro paredes exteriores. Lo único que atiné fue a clavarle el cuchillo mientras pude y tratar de huir. ¿Pero huir adónde? Mi plan fugaz fue tratar de tomar la nave, estacionada a unos metros, cerca del borde de la tierra. Corrí lo más rápido que dieron mis piernas, pero justo al llegar sentí el calor del rayo fulminante en mi pierna. Lo primero que atiné fue a tomarla con mi brazo y seguir, tenía que hacerlo, ya que así lo dictaba mi instinto. No así los chorros de sangre que salían. La lluvia de disparos se hizo intensa. Tocaron mi hombro un brazo, mi otra pierna. Casi desvanecido, caí por el precipicio. Metros por segundos después, el impacto contra una porción de pasto me dejó destrozado. A punto de morir, pude ver cómo las bestias humanas (¿de carga? ¿para algún fin desconocido?) se acercaban hambrientas y entonces supe qué era el cultivo en el Medio Cielo.

El encierro puede volver loco a cualquiera. Eso reza el viejo adagio aquí en la cárcel. No es una cárcel como cualquiera, la máxima seguridad impuesta amerita una culpabilidad bastante evidente. A veces fue así, en otros casos no tanto. De todas formas estoy aquí y no tengo escapatoria. Tengo que vivir a diario conmigo mismo y es insoportable. No hay salidas, no hay patio, comida todos los días en el mismo lugar. Hace tres años que estoy en el mismo lugar todos los días de mi vida y estoy por perder el juicio.

Un día, al despertar, tenía un mensaje en un papel. Un texto un tanto extraño dejado en medio del piso: “Verás lo que quieras ver… y saldrás”. De quién podría ser esta broma de mal gusto. Llamé al guardia a los gritos. Obviamente nadie vino, somos tratados como basura, o peor. Me quedé toda la mañana estudiando ese papel, tratando de descifrar qué querían decir en realidad esas siete palabras sin comprender mucho.

Pasaron otros dos meses. Una tarde el guardia del sector estaba de muy mal humor y recibí una golpiza por una contestación que no le gustó demasiado. Me dejó muy mal física y psicológicamente. Tanto que creí morir. Tardé quince días en poder pararme. En ese ínterin empecé a soñar que veía un pájaro. Un pájaro amarillo con alas anaranjadas y blancas. Lo deseé tanto que parecía casi real. Al día siguiente mis ojos no podían creer lo que veían: una pluma estaba en mi pecho. Pero no era una pluma real, era una especie de holograma que no podía tocar con mis manos, sólo estaba allí. Así que para disipar dudas, la noche siguiente hice la misma prueba, esta vez imaginaba que veía una linterna, una muy potente que iluminaba la quietud de la noche. Lo deseaba con tanta fuerza que quedaba exhausto y caía rendido al sueño. Por la mañana las sorpresas fueron más grandes: esta vez no era un holograma lo que me esperaba en mi pecho; se podía tocar y manipular pero se deshacía si no me concentraba. ¡Esto me dio una idea! Crearía mi propia realidad, una realidad plagada de bellezas, sólo en mi celda de dos por dos. ¿Podría traer personas? ¿Podría soñar que escapaba?

Trascurrió cierto tiempo y ya recuperado pasaba las noches en lugares de ensueño, creando situaciones de lo más variadas y excitantes.
Una noche soñé que me iba lejos, que rompía las paredes de la celda y escapaba al mundo, me perdía por los parajes más acogedores, disfrutando de la libertad.

Al amanecer siguiente el guardia, al ver que no respondía, empezó a golpear la celda para que me levantara pronto. Sin respuesta ordenó la apertura de la celda debido al espectáculo que vio al asomarse un tanto en el interior: estaba tirado sobre un charco de sangre, con el cráneo partido en un evidente choque contra la pared de la pequeña habitación. El guardia gritó por el médico de la cárcel y me consideró muerto… pero a través de una débil mirada podía verlo, perdido entre la maleza de un bosque templado. Algo más lejos (pero curiosamente con la posibilidad de mirar cada detalle), pude observar cómo alguien muy parecido a mí se guardaba el papel que antes tuve en mi bolsillo y se lo llevaba, cruzando el río.

Siempre fui fiel a mis deseos. Desde que conocí la técnica de desear y proyectar me encontré más alivianado mentalmente, sobre todo en el tedio que representa el trabajo en esta multinacional, donde hemos llegado al punto álgido del desprecio y ser tratados pura y exclusivamente como ganado, meros números de producción Yo soy el empleado doscientos sesenta y cinco y estoy en el sector contable. No es ninguna novedad terminar con una terminología semejante pare referirse a personas por parte de una empresa (globalmente hablando). Era algo evidente por parte del sistema despiadado en pos de la ganancia, lo estudié mil veces antes en la facultad. El tema es que de la utopía al hecho hay algo desgraciado: la realidad en la que uno se ve inmerso.
Mi taza de café por la mañana, a los apurones y mal dormido, el viaje en el colectivo apretujado con los carteristas de turno a la orden del día, la llegada, el fichaje, los desprecios de los jefes, mi cubículo de dos por dos y medio, mi computadora lenta como una tortuga con software propietario (ese que tanto desprecié por la privación del conocimiento y la restricción de compartir, motivo que me hizo inclinar al software libre), el almuerzo de quince minutos reloj al mediodía (con posibles descuentos de sueldo si me paso), seguir produciendo, la vuelta a casa apretujado nuevamente, comer alguna porquería, ver la televisión, leer algún libro, ir a dormir y volver a empezar al otro día. Pero mi deseo de mejorar siempre lo tuve presente. Es más, siempre deseo un lugar en el campo, alejado del bullicio de la ciudad, un lugar que esté en contacto con la naturaleza. Y obviamente tener trabajo. Esa tiene que ser mi vida. Sé que la realidad que me toca el día de hoy es otra, pero soy conciente de que algún día todo eso se va a cumplir. Por lo pronto tengo que ordenar estos papeles y hacer algunas horas extras porque no llego a fin de mes…
La rutina diaria la puedo soportar porque tengo pegada una foto donde se encuentra el lugar donde quiero estar en un futuro no muy lejano. Siempre que trato de descansar la vista, sacándola por unos minutos del monitor, la dirijo a la imagen y me quedo soñando ahí, hasta que vuelvo al trabajo nuevamente, y a seguir tecleando sin parar.

La mañana regalaba un sol radiante que inundaba la multinacional. Haciendo un paneo cual cámara cinematográfica, podemos salir por la imponente puerta de entrada de vidrios polarizados del edificio de la empresa, caminar por los pasillos arrebolados que nos conducen al puesto de vigilancia, donde se encuentra la salida. Una vez allí podemos perdernos entre los bosques contiguos o disfrutar de la pesca en el río lindante, del otro lado. El predio abarca una proporción importante de tierra en un paraje campestre a una hora y media de colectivo a la ciudad, que puede tomarse en la ruta que pasa por las inmediaciones.

Comprenderlo es una experiencia sin igual. Asimilarlo y vivirlo es aún mejor.
Mi nave tiene el desplazamiento de la paz en forma de metal. El sol, las estrellas, el firmamento. Este viaje. Un fin que justifica el sacrificio de la vida. En sí el trabajo inicial me había desmoralizado un poco: una rutina avasallante, a rajatabla de principio a fin, como la pieza de un engranaje que si llegara a fallar haría que la rueda girara por doquier como loca. Pero afortunadamente sólo regía para que un fructífero comienzo desencadenara en un viaje afortunado y productivo para la empresa. Quizá para la humanidad, aunque todos sabemos que ese es el emblema con que se promueven los grandes viajes y en realidad conllevan el poder económico. Nada nuevo bajo el sol. Pasados esos meses iniciales de trabajo arduo, se podría decir que encontré la paz con que hice mención al inicio de esta nota. Antes, por la mañana me despertaba con un control estricto en Aladelta V (así se llama mi nave). Ir al exterior de la nave, controlar los sensores externos, que el control de los circuitos y el mecanismo impulsor de encuentre en perfecto funcionamiento, verificar el computador directivo exterior y demás tareas que demandaban las horas suficientes para que luego, al rellenar el programa ya dentro de la nave en la computadora que actualizase el viaje terminara por dejarme completamente exhausto por la noche, para al otro día volver a empezar. El programa era una gestión que se hacía a bordo (muy riesgosa pero que valía la pena por mis capacidades) y que orientaban el viaje, señalando el trayecto los primeros meses de marcha. Una vez organizado en esos meses el antedicho, y que señalase el trayecto, todo quedaría en manos de la nave, preparada de esta forma para proseguir por sí sola la ruta. Era la única forma ya que el filtraje del camino y la apertura del resorte espacial (así se llamaba a ese agujero oscilante que pinchaba el espacio y simplificaba el desplazamiento a grandes distancias) sólo tenía lugar desde un sitio específico que podía verse sólo del espacio, y que también sólo con determinados cálculos de programa podría ser iniciado.
El fin era devolver personalmente el mensaje enviado hacía unos decenios desde zeta retículo, tan famosa por los libros, tan famosa por esa pareja abducida en el siglo veinte. Qué hermosura de inconsciencia.
Un flujo de información había llegado a la estación central desde allí, que fue clasificada, inclusive para mí que hago el viaje (pero ya sé que no me importa, porque mi huida tenía que ver con otras cosas de mi vida, espacios que abandonar, distancias que tomar, errores que mejor tener lejos). La vuelta era incierta, en tiempo como en solución, iba a un probable contacto, pero imposible era comprobar si seguirán allí.

Hoy se averió el motor de propulsión derecho, antes de entrar en la ruta prefijada. Una cagada total y de proporciones enormes. Si no arreglo esto para mañana me voy a ver en serios, serios problemas.

Por la mañana deshabilité en intenté reparar el propulsor. Tengo que esperar veinticuatro horas para encenderlo.
¡No funcionó! Encima tengo que asentar esas notas de mierda para enviar por enlace, con estos nervios no puedo mantener el protocolo. Aténgase al protocolo, aténgase al protocolo, dicen en la pantalla. La soledad te vuelve loco cuando hay problemas, no tengo a quien quejarme, no tengo a quien cargar con mi propia culpa… aaaaaaaaaaaaaaah.

Por la tarde intenté de nuevo. Nada. Me voy a acostar. Tengo una depresión galopante. El fantasma de la muerte… acá es todo más pesado en soledad. No pensé en las fallas, no pensé, sinceramente quería aventuras, escapar de la rutina para buscar las respuestas, me salió todo mal.

Era fija, perdí la ruta por la falla del propulsor. Me rompo la cabeza intentando, me estoy desesperando, porque ya sé lo que viene, porqué este puto coeficiente intelectual, porqué no soy ignorante y tengo esperanzas… ¿¿¡¡porqué me doy cuenta de mi destino??!!

Hoy perdí el enlace. Ahora sí estoy completamente solo. Jajajaja, una cosa es positiva, ya no tengo que atenerme al protocolo. Lo más irónico fue que cuando anoche les comenté, la única respuesta que me dieron fue: trate de resolverlo, y siga el protocolo B si todo falla. Mejor ni me molesto en escribir qué es el protocolo B…

Entregado como estoy al destino, solo y miserable y en un acto casi involuntario, sigo escribiendo estas líneas que voy a mandar por el espacio en forma de onda. Quizá en algún momento de la existencia alguien reciba esto y sepa de mis peripecias.

No, no puedo seguir escribiendo, esto es desesperante… saltaría al espacio a morir… pero no me animo. Hoy traté de encontrar un milagro en la reparación, encontrar el enlace, lo que sea. Pero mi mente calculadora me llevó invariablemente a sacar las cuentas del aire disponible en la nave. A través del resorte espacial estaría en diez meses, aproximadamente, del otro lado. Lanzaría el mensaje, tomaría imágenes de la zona y esperando alguna respuesta debía de emprender la vuelta trayendo esa información. Así que calculo que tengo aire y comida para estar a la deriva y sin dormir (todo el viaje de vuelta sería en la cabina de hibernación, ya sin aire en el resto de la nave) de unos nueve meses. Así que aguantaré ese tiempo y me echaré a dormir luego… eternamente.

Tres meses sin escribir. Me la pasé en estado depresivo y mayormente en la cama. Un día casi salí por la escotilla sin traje, al espacio infinito, pero me acordé de algo: el mensaje codificado. Trataría de descifrarlo como pasatiempo. Pasaron cuarenta y cinco días y nada. Era un verdadero reto… ¡pero un día me vino la iluminación! Evidente y paradójicamente no era un mensaje de luz lo que enviaban. Era… ¡una bomba! Toda la maldita nave era una bomba. Qué bien me la hicieron. Yo solito me había ofrecido como conejito de indias. Estúpido programador.

Cuatro meses más han pasado. Toda la nave está programada para explorar y no encuentro la forma de desactivarla ni nada, todo estaba engendrado con un único programa, ¡desde el propulsor hasta la cadena del inodoro! Qué suerte la mía…

Doscientos años más tarde, un niño jugaba con su pelota en un planeta desconocido.
-¡Mamá! ¡Voy a encender mi radio!
Todo una reverencia para ese arcaico artefacto conseguido por su padre en el mercado electrónico.
Una interferencia, la de siempre, sorprendió al chiquillo con la seguidilla de lo que parecía ser una voz….
“-Grabo este mensaje en forma de voz, que quizá sea lo único que me quede. A lo mejor quien reciba no entienda mi voz aclaro por las dudas: siempre me gustó la música y adapté el teclado para que suene como la sinfónica, programada a los últimos segundos antes de la explosión… ¡así que acá vooy!

La orquesta sonó desde el infinito, una batalla demostrada a través de las notas que inundó el ambiente. El punto álgido fue culminado con una explosión que sorprendió al extrañado pequeño. Luego del suceso, la estática nuevamente. El niño apagó la radio y siguió jugando con su pelota.