El encierro puede volver loco a cualquiera. Eso reza el viejo adagio aquí en la cárcel. No es una cárcel como cualquiera, la máxima seguridad impuesta amerita una culpabilidad bastante evidente. A veces fue así, en otros casos no tanto. De todas formas estoy aquí y no tengo escapatoria. Tengo que vivir a diario conmigo mismo y es insoportable. No hay salidas, no hay patio, comida todos los días en el mismo lugar. Hace tres años que estoy en el mismo lugar todos los días de mi vida y estoy por perder el juicio.

Un día, al despertar, tenía un mensaje en un papel. Un texto un tanto extraño dejado en medio del piso: “Verás lo que quieras ver… y saldrás”. De quién podría ser esta broma de mal gusto. Llamé al guardia a los gritos. Obviamente nadie vino, somos tratados como basura, o peor. Me quedé toda la mañana estudiando ese papel, tratando de descifrar qué querían decir en realidad esas siete palabras sin comprender mucho.

Pasaron otros dos meses. Una tarde el guardia del sector estaba de muy mal humor y recibí una golpiza por una contestación que no le gustó demasiado. Me dejó muy mal física y psicológicamente. Tanto que creí morir. Tardé quince días en poder pararme. En ese ínterin empecé a soñar que veía un pájaro. Un pájaro amarillo con alas anaranjadas y blancas. Lo deseé tanto que parecía casi real. Al día siguiente mis ojos no podían creer lo que veían: una pluma estaba en mi pecho. Pero no era una pluma real, era una especie de holograma que no podía tocar con mis manos, sólo estaba allí. Así que para disipar dudas, la noche siguiente hice la misma prueba, esta vez imaginaba que veía una linterna, una muy potente que iluminaba la quietud de la noche. Lo deseaba con tanta fuerza que quedaba exhausto y caía rendido al sueño. Por la mañana las sorpresas fueron más grandes: esta vez no era un holograma lo que me esperaba en mi pecho; se podía tocar y manipular pero se deshacía si no me concentraba. ¡Esto me dio una idea! Crearía mi propia realidad, una realidad plagada de bellezas, sólo en mi celda de dos por dos. ¿Podría traer personas? ¿Podría soñar que escapaba?

Trascurrió cierto tiempo y ya recuperado pasaba las noches en lugares de ensueño, creando situaciones de lo más variadas y excitantes.
Una noche soñé que me iba lejos, que rompía las paredes de la celda y escapaba al mundo, me perdía por los parajes más acogedores, disfrutando de la libertad.

Al amanecer siguiente el guardia, al ver que no respondía, empezó a golpear la celda para que me levantara pronto. Sin respuesta ordenó la apertura de la celda debido al espectáculo que vio al asomarse un tanto en el interior: estaba tirado sobre un charco de sangre, con el cráneo partido en un evidente choque contra la pared de la pequeña habitación. El guardia gritó por el médico de la cárcel y me consideró muerto… pero a través de una débil mirada podía verlo, perdido entre la maleza de un bosque templado. Algo más lejos (pero curiosamente con la posibilidad de mirar cada detalle), pude observar cómo alguien muy parecido a mí se guardaba el papel que antes tuve en mi bolsillo y se lo llevaba, cruzando el río.

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