Las presentaciones en diferentes pueblos lo tenían cansado. Pero necesitaba el dinero. Había tenido una vida un tanto agitada que a sus cincuenta y tantos años el cuerpo le estaba pasando factura. A pesar de ello, fue con su bajo eléctrico siempre fiel y nunca lo dejó abandonado (bien se sabe de muchos bajistas excéntricos que lo empeñaron a causa de su falta de estabilidad emocional). O debería de haber sido a la inversa, su bajo tendría que haberlo abandonado: por sus borracheras, sus deudas de juego, sus divorcios y divisiones de bienes.
De alguna u otra forma habría que comer y guardar unos pesos para esa vejez que agazapada esperaba en una silla, quizás en el campo, quizás junto a un lago, quizás sola, quién sabe. Si la ecuación es excesos, más mujeres, más vida nocturna, podría decirse que lo que estaba viviendo con su osamenta era un estupendo milagro.
Mientras se dirigía a un recital, meditaba sobre su devenir y su pasado. Esta gira debía de ser la última. Con lo recaudado estaría asegurado su retiro. Hubo un tiempo en que fue el dios del bajo: Roberto Desmondo McDolby. Éxitos interesantes, canciones atrapantes con un sonido novedoso, el rock que la juventud necesitaba, la canción que la masa esperaba.
Después, como todos, pasó de moda, pisado por otra más atrayente y lo que creía que era novedad ahora era un simple recuerdo. Así eran los ciclos, por lo que en tiempo de depresión, exceso de drogas y alcohol, más otro poco en “San Inmundo, se lo traemos de vuelta” el sanatorio de rehabilitación, sirvieron para recuperar energías, intentar clarificar la mente y volver al ruedo.
En cuanto a la energía, si bien no era la misma, todavía estaba ahí para seguir dándole cuerda un poco más al motor, como en las viejos épocas. Aunque había que destacar que el publico era ahora un tanto reducido y el traslado otrora en colectivo privado ahora se reducía a una pequeña camioneta. Los equipos de sonido, alquilados para abaratar costos. Sin embargo y pese a todas las inclemencias, Los Definitivos Incendiarios nunca fallan a su público en escena. La banda había ido rotando, sí, con tanto cambio hasta llegar a ser Roberto el único miembro original, dueño de todas las decisiones. Algunos habíanse ido por disputas de egos, como fue el de Fernando, alias Púa de Acero, que se quejaba de un simple problema de créditos en los discos finales. Un simple espacio al que Roberto aludía con falta de lugar para los demás nombres además del suyo. Pese a esto, que supo tolerar con entereza, no pudo evitar cierta aversión hacia los demás por su dimisión acusando la baja de sueldo. ¿Cómo no comprendían que sus vicios habían ido económicamente en aumento? ¡Qué falta de consideración y comprensión!
Una banda con adolescentes ansiosos de gloria y bajo presupuesto sería ideal para ésta, su última gira. Como se dijo más arriba, el público era un tanto reducido, de miles en grandes estadios a solo algunos cientos en el mejor de los recitales. Poco importaba, daría la mejor de sí, la canción seguiría siendo la misma.
Esa noche calzó sus mejores botas rockeras (las únicas que tenía), alistó su campera y pasó la franela a su bajo.
Algo más tarde, subió al escenario con la misma emoción de anataño:
-¡Buenas noches, estimados amigos! ¡Un poco de rock para esta noche!
Sonó el primer tema, un rock eléctrico directo al corazón. Roberto hipnotizaba a la gente con su movimiento, pareciendo un hombre de treinta años más que alguien de su edad. El segundo, el tercero y el resto, con los medios de las baladas clásicas de su repertorio, nutrieron la lista de temas que hicieron vibrar a su comprimido público.
Ya para el final, el cantante se dirigió a sus seguidores:
-Gracias amigos por acompañarme a mí y a la banda en este concierto. Verán, con los años he descubierto que la alquimia de los sonidos iguala mucho a la tradicional, concretamente con las pruebas en los crisoles y demás, comparándome incluso con esos viejos monjes en abadías, experimentando y abriendo puertas dimensionales…
Los presentes se mostraron un poco sorprendidos por tan extrañas palabras. Sólo un poco porque suponían sería otro de los delirios del viejo bajista, por lo que seguidamente empezaron a corear su nombre y pedirle por “Diapasón y Gloría”, tema el cual oficiaba de cierre de todos los recitales. Pero Roberto, obstinado, estaba decidido a transmitir su mensaje:
-Lo que intento decirles es que con determinada combinación de sonidos he logrado generar algo impresionante para mí, y esta noche quiero compartirlo con todos ustedes. ¡El arte de la combinación de los sonidos! No abriré una puerta, ¡pero generaré un rayo de luz que los impactará, ya verán!
El grupo de gente, ya un tanto intranquilo, aguardó a ver con qué se salía este viejo desquiciado.
Roberto empezó a tocar una extraña escala. A veces disonante, molestaba un poco en los oídos de los escuchas. La banda, en tanto, se miraba algo desconcertada por lo que su líder hacía en esos momentos. Roberto se encontraba entrando en un estado como de éxtasis, moviéndose de un lado hacia otro del escenario, tocando la escala musical cada vez más rápido, buscando una especie de clímax.
Ningún rayo apareció y tampoco ninguna puerta se abrió, ni dimensional, ni de la salida. La muchedumbre, en sectores, abucheó la desagradable representación, cosa que irritó al experimentado músico, quien abandonó inmediatamente el escenario, sin saludar, yendo directo a camarines.

Horas más tarde, ya en la puerta del pequeño estadio musical, un Roberto un tanto más distendido se despedía de sus compañeros, para luego subirse a su camioneta y emprender el regreso al hotel donde se alojaba, a unos pocos kilómetros de distancia. Manejando, intentó distenderse y no pensar en el fracaso mágico con su bajo. Para ello encendió la radio buscando alguna estación de baladas. Cuando la música estaba sonando un leve movimiento en la parte trasera de la camioneta lo inquietó. El movimiento se transformó en una vibración que de forma sorprendente provenía de su bajo. Éste empezó a agitarse, dando giros, como cobrando vida. Roberto detuvo la camioneta en la banquina. El instrumento de cuatro cuerdas desprendió un rayo de luz que dio en el techo de la camioneta, abriendo un agujero nebuloso que daba vueltas sobre sí mismo. Pasmado y a la vez alegre al ver que su experimento, aunque tarde, sí funcionaba, se alteró al ver caer literalmente del agujero a un joven vestido como un monje, en la parte trasera de su camioneta.
-¿Quién sos? -preguntó asombrado Roberto
-Emmm… Me llamo Marcos, soy monje y pertenezco a una abadía en las colinas de San Roque Cristis. Tuve un pequeño inconveniente con mi padre abad y el portal dimensional. Recuerdo que me encontraba mirando y…
-Tranquilo, amigo, estoy visiblemente anonadado, pero dejame decirte que caíste en un tiempo hermoso. Verás, necesito montar una nueva banda de rock y me preguntaba si…