Cómo pasan las cosas, nadie lo sabe. Por más que uno se ponga a estudiar minuciosamente el por qué de cada paso en su vida, acabaría en el mismo lugar, y sin saber ni descubrir absolutamente nada. Pero la pregunta siempre existió en mí. Desde que era adolescente, cuando empecé a interesarme por la lectura, la música y demás actividades, de las cuales, a las que les di mayor preponderancia fueron a estas dos últimas antes mencionadas.
Quise ahondar también en la vida de personas de las que me interesaban sus trabajos, ya sean literarios o musicales. Y vuelvo a repetirle, doctor Estévez, por la pregunta, y disculpe si soy un poco reiterativo, pero se ha vuelto -por mi situación emocional- algo inestable en mí.
¿Cuánto les valió leer, cuánto fue que leyeron, y hasta que confines llegó su mente? ¿En qué situación mental estarían a la hora de su obra maestra? ¿Acaso descubrieron algo que el simple ser no descubrió? ¿Algo fuera de lo común? ¿De qué modo emplearon todos sus conocimientos, o todo lo sabido en algunos casos, fue meramente lo que la gente llama en forma común, un don de la naturaleza?
Preguntas y más preguntas. No valen nada. Créame doctor, que no me valieron de nada ni me ayudaron porque la respuesta siempre fue -para mí y para mi forma de ver- ninguna. La única manera en que encontraría tan preciadas respuestas o el rotundo fracaso sería viviendo el aprendizaje en extremo. Cabe resaltar estas dos últimas palabras, por lo que tengo que contarle a continuación, doctor Estévez. Sé que usted sabrá comprender o quizá podrá asimilarlo en un futuro no muy lejano.
También estoy al tanto, por estos días, de su investigación insoslayable para todos los entendidos en la materia, materia en la cual me atrevo a decir -y discúlpeme si lo hago sonrojar, sé que no le gusta que se lo diga-, es el mejor que he conocido. Nadie ha vivido el estudio de la Historia de la humanidad de la manera en que usted lo hace.
Quizá no tengamos momento en “la humanidad” para volver a compartir una charla amena como las que solíamos disfrutar, aquellas tardes de otoño que nunca volverán.

Que he triunfado, lo admito. Sé que los comienzos no fueron buenos para mí (supongo que para todos los verdaderos artistas no lo fueron). Pero bien valió la pena intentarlo por haber llegado hasta donde estoy actualmente.
Como le dije anteriormente, llegué a tal punto de interesarme por el proceso de transformación mental de los grandes artistas (llámele Dolbius, Stramik, Prencel, Sameinberger… no sé, no se me ocurren más ahora), y llegué a la conclusión que más que su obras, sus vidas fueron más interesantes aún. Usted se preguntará a qué conclusión he llegado. Pues bien, a una simple desde el punto de vista superficial de este mundo superficial plagado de gente (en su mayoría, no todos) superficial: todos estos artistas son unos verdaderos enfermos. ¡Verdaderos engendros de su propia locura!
Sí, hemos tenido exquisitas charlas antes de mi rotundo éxito como escritor. Hoy en día, ¿quién puede triunfar con una sarta de poemas escritos en su mayoría por las noches y casi en completo estado de ebriedad? Pero por sobre todo: ¿quién puede triunfar en poesía por estos días? ¿En esta ciudad de porquería? Me río al pensarlo. Sólo yo… y así me fue…
He descubierto mundos fantásticos dentro de mi mente (ya que no tengo más que leer y escribir para vivir, me he dedicado por completo a estas actividades durante los últimos cinco años), los que me han llevado a lugares insospechados del cerebro humano, algo que, inclusive con toda su sapiencia, doctor, le sería prácticamente imposible de comprender. Por qué me figuro que le sería imposible de comprender, verá usted, trataré de darle un ejemplo medianamente infantil, sin ofenderlo, pero me gustaban esos ejemplos, repito, me gustaban esos ejemplos anteriormente para comprender las cosas: supongamos que el cerebro humano medianamente normal hace conexiones de pensamientos desde el punto A, relaciona con B, interactúa con C, asocia con D, y busca respuestas en letras hasta unas, tiremos una cifra exagerada, unas mil más. Interesante, ¿no?. Muy bien, ¿que pasaría en el caso de que un cerebro como el de las personas antes mencionadas -y hasta donde creo, humildemente el mío también- ¿Qué cómo llegué a esto? Claro que no fue leyendo libros solamente. Esa respuesta me la reservo para mí, lo siento, ahí no hay explicación posible. Sólo puedo decirle que comenzó como un juego en mis ratos de ocio, practicando, divirtiéndome -¿recuerda la sociedad del Crass? Tengo un amigo allá que me conectó. Estuve por Alemania en un viaje relámpago-… pero exactamente cómo pasé de un lado a otro, nadie lo sabe. Ni siquiera yo, y creo que ellos tampoco.
Es por eso que le escribo estás últimas líneas. Me siento desequilibrado y me he vuelto insoportable conmigo mismo, pero todavía recuerdo las charlas con usted esas tardes de otoño que nunca volverán.
Le envío un cálido abrazo.

Nota del Doctor Estévez (historiador, sociólogo):

A quien corresponda: para analizar este mensaje enviado por (…) deberá tener en cuenta su personalidad, minimizada anteriormente por él mismo.
No me considero un traidor, sé que debería haber obrado de otra manera, ya que esta carta fue escrita en forma particular, pero me dirijo a usted porque esto ha superado mis límites. Habrá de imaginarse que mi relación con (…) antes de lo sucedido fue de una gran amistad, por lo que se me hace difícil emocionalmente estudiar su comportamiento -sé que parece una tontera no poder separar la amistad del estudio, pero no estoy en condiciones de hacerlo ni lo estaré, creo, nunca-. Como dije antes, se deberá tener en cuenta su personalidad; completamente solitario en los últimos meses, cada vez que ha salido a la calle ha protagonizado un escándalo; completamente ebrio cada vez que alguien lo veía, ha destrozado hoteles por cifras siderales, ha escupido en la propia cara a gente que quiso ayudarlo. Todavía no sé cómo fue a dar con esa sociedad podrida de un tiempo del que debemos olvidar para siempre. Dios se apiade de su alma (si existe la posibilidad de que crea en esto).