Comprenderlo es una experiencia sin igual. Asimilarlo y vivirlo es aún mejor.
Mi nave tiene el desplazamiento de la paz en forma de metal. El sol, las estrellas, el firmamento. Este viaje. Un fin que justifica el sacrificio de la vida. En sí el trabajo inicial me había desmoralizado un poco: una rutina avasallante, a rajatabla de principio a fin, como la pieza de un engranaje que si llegara a fallar haría que la rueda girara por doquier como loca. Pero afortunadamente sólo regía para que un fructífero comienzo desencadenara en un viaje afortunado y productivo para la empresa. Quizá para la humanidad, aunque todos sabemos que ese es el emblema con que se promueven los grandes viajes y en realidad conllevan el poder económico. Nada nuevo bajo el sol. Pasados esos meses iniciales de trabajo arduo, se podría decir que encontré la paz con que hice mención al inicio de esta nota. Antes, por la mañana me despertaba con un control estricto en Aladelta V (así se llama mi nave). Ir al exterior de la nave, controlar los sensores externos, que el control de los circuitos y el mecanismo impulsor de encuentre en perfecto funcionamiento, verificar el computador directivo exterior y demás tareas que demandaban las horas suficientes para que luego, al rellenar el programa ya dentro de la nave en la computadora que actualizase el viaje terminara por dejarme completamente exhausto por la noche, para al otro día volver a empezar. El programa era una gestión que se hacía a bordo (muy riesgosa pero que valía la pena por mis capacidades) y que orientaban el viaje, señalando el trayecto los primeros meses de marcha. Una vez organizado en esos meses el antedicho, y que señalase el trayecto, todo quedaría en manos de la nave, preparada de esta forma para proseguir por sí sola la ruta. Era la única forma ya que el filtraje del camino y la apertura del resorte espacial (así se llamaba a ese agujero oscilante que pinchaba el espacio y simplificaba el desplazamiento a grandes distancias) sólo tenía lugar desde un sitio específico que podía verse sólo del espacio, y que también sólo con determinados cálculos de programa podría ser iniciado.
El fin era devolver personalmente el mensaje enviado hacía unos decenios desde zeta retículo, tan famosa por los libros, tan famosa por esa pareja abducida en el siglo veinte. Qué hermosura de inconsciencia.
Un flujo de información había llegado a la estación central desde allí, que fue clasificada, inclusive para mí que hago el viaje (pero ya sé que no me importa, porque mi huida tenía que ver con otras cosas de mi vida, espacios que abandonar, distancias que tomar, errores que mejor tener lejos). La vuelta era incierta, en tiempo como en solución, iba a un probable contacto, pero imposible era comprobar si seguirán allí.

Hoy se averió el motor de propulsión derecho, antes de entrar en la ruta prefijada. Una cagada total y de proporciones enormes. Si no arreglo esto para mañana me voy a ver en serios, serios problemas.

Por la mañana deshabilité en intenté reparar el propulsor. Tengo que esperar veinticuatro horas para encenderlo.
¡No funcionó! Encima tengo que asentar esas notas de mierda para enviar por enlace, con estos nervios no puedo mantener el protocolo. Aténgase al protocolo, aténgase al protocolo, dicen en la pantalla. La soledad te vuelve loco cuando hay problemas, no tengo a quien quejarme, no tengo a quien cargar con mi propia culpa… aaaaaaaaaaaaaaah.

Por la tarde intenté de nuevo. Nada. Me voy a acostar. Tengo una depresión galopante. El fantasma de la muerte… acá es todo más pesado en soledad. No pensé en las fallas, no pensé, sinceramente quería aventuras, escapar de la rutina para buscar las respuestas, me salió todo mal.

Era fija, perdí la ruta por la falla del propulsor. Me rompo la cabeza intentando, me estoy desesperando, porque ya sé lo que viene, porqué este puto coeficiente intelectual, porqué no soy ignorante y tengo esperanzas… ¿¿¡¡porqué me doy cuenta de mi destino??!!

Hoy perdí el enlace. Ahora sí estoy completamente solo. Jajajaja, una cosa es positiva, ya no tengo que atenerme al protocolo. Lo más irónico fue que cuando anoche les comenté, la única respuesta que me dieron fue: trate de resolverlo, y siga el protocolo B si todo falla. Mejor ni me molesto en escribir qué es el protocolo B…

Entregado como estoy al destino, solo y miserable y en un acto casi involuntario, sigo escribiendo estas líneas que voy a mandar por el espacio en forma de onda. Quizá en algún momento de la existencia alguien reciba esto y sepa de mis peripecias.

No, no puedo seguir escribiendo, esto es desesperante… saltaría al espacio a morir… pero no me animo. Hoy traté de encontrar un milagro en la reparación, encontrar el enlace, lo que sea. Pero mi mente calculadora me llevó invariablemente a sacar las cuentas del aire disponible en la nave. A través del resorte espacial estaría en diez meses, aproximadamente, del otro lado. Lanzaría el mensaje, tomaría imágenes de la zona y esperando alguna respuesta debía de emprender la vuelta trayendo esa información. Así que calculo que tengo aire y comida para estar a la deriva y sin dormir (todo el viaje de vuelta sería en la cabina de hibernación, ya sin aire en el resto de la nave) de unos nueve meses. Así que aguantaré ese tiempo y me echaré a dormir luego… eternamente.

Tres meses sin escribir. Me la pasé en estado depresivo y mayormente en la cama. Un día casi salí por la escotilla sin traje, al espacio infinito, pero me acordé de algo: el mensaje codificado. Trataría de descifrarlo como pasatiempo. Pasaron cuarenta y cinco días y nada. Era un verdadero reto… ¡pero un día me vino la iluminación! Evidente y paradójicamente no era un mensaje de luz lo que enviaban. Era… ¡una bomba! Toda la maldita nave era una bomba. Qué bien me la hicieron. Yo solito me había ofrecido como conejito de indias. Estúpido programador.

Cuatro meses más han pasado. Toda la nave está programada para explorar y no encuentro la forma de desactivarla ni nada, todo estaba engendrado con un único programa, ¡desde el propulsor hasta la cadena del inodoro! Qué suerte la mía…

Doscientos años más tarde, un niño jugaba con su pelota en un planeta desconocido.
-¡Mamá! ¡Voy a encender mi radio!
Todo una reverencia para ese arcaico artefacto conseguido por su padre en el mercado electrónico.
Una interferencia, la de siempre, sorprendió al chiquillo con la seguidilla de lo que parecía ser una voz….
“-Grabo este mensaje en forma de voz, que quizá sea lo único que me quede. A lo mejor quien reciba no entienda mi voz aclaro por las dudas: siempre me gustó la música y adapté el teclado para que suene como la sinfónica, programada a los últimos segundos antes de la explosión… ¡así que acá vooy!

La orquesta sonó desde el infinito, una batalla demostrada a través de las notas que inundó el ambiente. El punto álgido fue culminado con una explosión que sorprendió al extrañado pequeño. Luego del suceso, la estática nuevamente. El niño apagó la radio y siguió jugando con su pelota.